sábado, 23 de febrero de 2019
LE DIJO JESÚS: “YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA; EL QUE CREE EN MI, AUNQUE ESTÉ MUERTO, VIVIRÁ.”
El hecho histórico de la Resurrección
Los Doce como testigos
Cuando llegó el momento de llenar el hueco que la traición y muerte de Judas dejó en el cuerpo apostólico, y como preparación para el testimonio del Día de Pentecostés, Pedro se dirigió a la compañía de discípulos en el aposento alto con estas palabras: "Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección" (Hch 1:21-22). La crucifixión de Jesús había sido un acto público, conocido por todos, y que nadie contradice hasta el día de hoy. Es diferente en el caso de la Resurrección corporal del Señor, ya que su veracidad depende del testimonio de quienes le vieron durante los cuarenta días que mediaban entre la Resurrección y la Ascensión, siendo los principales testigos los doce apóstoles, que no sólo eran excelentes y honrados observadores de los acontecimientos, sino también siervos de Dios señalados e inspirados para colocar las primeras piedras de la Iglesia sobre su fundamento, el Señor Jesucristo. No eran los únicos, pues las primeras noticias del gran hecho fueron dadas a las piadosas mujeres que se mencionan en los relatos finales de todos los Evangelios. Los "dos" que caminaban a Emaús no eran de los Doce, y en algún caso el Señor resucitado fue visto por más de quinientos hermanos juntos a la vez (1 Co 15:6). Con todo, el peso de la evidencia depende de aquellos hombres que habían sido escogidos precisamente para ser "testigos de su Resurrección". Pedro, pues, guiado por el Señor, vio la necesidad de un testimonio completo de parte de los Doce cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo.
La Persona de Cristo antes y después de la Muerte y Resurrección
Pedro insiste en la necesidad de que el nuevo testigo de la Resurrección hubiese acompañado al Maestro durante el curso total de su ministerio, o sea, desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión. La razón es evidente, puesto que la prueba consistía en que los testigos tuviesen la completa seguridad de que durante los cuarenta días veían a la misma Persona que habían conocido tan íntimamente durante un período de como tres años y medio. Una persona es conocida por su manera de ser y sus actitudes, apreciadas a través de sus palabras y hechos. No bastaba haber visto un Ser maravilloso con un cuerpo especial, aparentemente libre de la sujeción a lo material y al tiempo y espacio; se precisaba la absoluta convicción de que aquel Ser era Jesús de Nazaret, el mismo que consumó tan maravilloso ministerio en la tierra, y el mismo que tantos testigos habían visto en la Cruz, comprobando el hecho de su muerte física. Aun nosotros, guiados por las narraciones al final de los cuatro Evangelios, podemos comprobar que el Resucitado obraba y hablaba delante de los Once, de María Magdalena, de los dos que caminaban a Emaús, etc., exactamente como lo había hecho frente a sus amigos anteriormente a la Pasión. Su modo de vivir es distinto, como ser resucitado, pero su Persona es exactamente igual. Fue esta convicción lo que transformó a once hombres temerosos, que se escondían en un aposento alto por miedo de los judíos, en valientes testigos de lo que habían oído y visto, dispuestos a enfrentarse con el Sanedrín, llegando hasta acusar al tribunal de haber entregado a su Mesías, y anunciando la Resurrección y glorificación de Jesús como Señor y Cristo. Pedro y Juan hicieron este resumen de su actitud y comisión ante el Sanedrín después de escuchar las amenazas que siguieron a la curación del cojo: "Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído" (Hch 4:19)(Hch 5:29-32). Sin el hecho de la Resurrección, los Doce no se habrían convertido en valientes campeones de la verdad, y la Iglesia no habría nacido en el Día de Pentecostés; tales resultados, con visibles consecuencias hasta nuestro tiempo, exigen una causa, que no puede ser otra que la resurrección corporal del Señor (Hch 10:40-41) (Hch 13:30-31) (1 Co 15:3-8).
¿Qué queremos decir por "la resurrección corporal" de Cristo?
La primera vez que el Señor resucitado se puso en medio de los Once, éstos se turbaron, creyendo que veían un espíritu. El Señor se empeñó en quitarles esta idea, insistiendo en la realidad de su cuerpo. Acordémonos de que Cristo era el Dios-Hombre, y no había de ser menos Hombre después de la Pasión y la Resurrección que antes, diciendo el apóstol Pablo que nuestro Mediador es "Jesucristo HOMBRE" (1 Ti 2:5). Aun en el caso de los creyentes, la resurrección no disminuirá su plena humanidad, sino que la completará, escribiendo Pablo: "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts 5:23) (1 Co 15:42-54). Y Cristo constituye las "primicias" en este proceso de resurrección, del cual nosotros seremos la cosecha (1 Co 15:20-22). La perfecta humanidad de Cristo, pues, exige que tenga Cuerpo, si bien, después de la gran Obra ya realizada, un cuerpo de resurrección.
En el cenáculo el Señor declara: "Yo mismo soy", que enfatiza lo que ya dijimos sobre la identidad de su personalidad tanto antes como después de la Muerte y la Resurrección; pero no se contenta con señalar la continuidad de su personalidad, sino que dice a los discípulos: "Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo... Les mostró las manos y los pies... Les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó y comió delante de ellos" (Lc 24:36-43). No pretendemos resolver todos los problemas que surgen de estos versículos, pero es evidente que el Señor se presentaba a los discípulos como Hombre, y siendo la misma Persona que habían conocido antes, los suyos pudieron comprobar el hecho, no sólo por los rasgos tan conocidos de aquella personalidad, sino por palpar un cuerpo de carne y huesos, ya que el hombre es un ser constituido por espíritu, alma y cuerpo. Ahora bien, este cuerpo real había experimentado un cambio, ya que podía presentarse en medio de ellos estando cerradas las puertas. Por lo que podemos deducir, podía comer, pero no necesitaba alimento material. Recordemos que, al dar una acertada contestación a los saduceos sobre la resurrección, el Maestro había dicho antes de la Pasión: "Los hijos de este siglo se casan y se dan en casamiento; mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo, y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección" (Lc 20:34-36). No dice el Señor que los creyentes llegarán a ser ángeles en la resurrección, pertenecen a un género totalmente distinto, sino que serán iguales a los ángeles en su modo de subsistencia, y deducimos que sus cuerpos serán reales, pero independientes de la presente sujeción a un mundo material. El Señor es "el Primogénito de entre los muertos" (Col 1:18), y como él es, así seremos nosotros en cuanto a la humanidad. El término "hijos de la resurrección" quiere decir que nuestro modo de subsistir depende del hecho de la resurrección, y que reflejaremos sus características. La personalidad es permanente en todos los casos, pero Dios determina lo que ha de ser el cuerpo y cómo ha de actuar después del hecho determinante de la resurrección.
La importancia primordial de la Resurrección del Señor
El testimonio público de los Apóstoles
Ya hemos notado que los Doce, los "Apóstoles testigos", habían de dar testimonio de la Resurrección de Cristo. El caso de Pablo es distinto, ya que, en las fechas del ministerio y Resurrección del Señor, era enemigo de la verdad, de modo que no podía compartir con los Doce sus experiencias peculiares: aquellas pruebas indubitables, de los cuarenta días. Sin embargo, Pablo vio al Señor resucitado cerca de Damasco (1 Co 9:1) (1 Co 15:8). Los dos primeros sermones públicos de Pedro después del Día de Pentecostés (Hch 2-3) constituyen la proclamación de un testigo de la Resurrección, pues en los dos acusa a los judíos de haber dado muerte a su Mesías, insistiendo en que Dios le resucitó y le glorificó (Hch 2:24-33) (Hch 3:13-18). No pudo haber bendición para los judíos aparte de este gran hecho, que era la prueba de que el Señor había derrotado a Satanás, quitando de en medio el pecado y la muerte. Los demás discursos e intervenciones de los apóstoles en los Hechos enfatizan la importancia fundamental de la Resurrección como prueba de la Deidad y la obra mesiánica de Jesucristo, y también fuente de la vida nueva en el caso de los creyentes (Hch 13:30-37) (Ro 1:3).
Los argumentos de Pablo
Cuando se trataba de probar el hecho de la resurrección del Señor, Pablo hacía referencia a los testigos de los "cuarenta días" (Hch 13:30-31). A la vez, revestido de autoridad apostólica, afirmaba la verdad de la Resurrección como pilar indispensable de la predicación del Evangelio, resumiendo la esencia del mensaje de esta manera en (1 Co 15:3-4): "Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó el tercer día, conforme a las Escrituras". Se había infiltrado en la iglesia de Corinto una herejía que negaba la resurrección en general: error que Pablo refutó haciendo ver que si los creyentes no habían de resucitar, Cristo tampoco resucitó. En cuanto al hecho de la Resurrección del Señor, existía evidencia abundante que detalla en (1 Co 15:6-8). Ya notamos su afirmación de que si no existe resurrección en términos generales, Cristo tampoco resucitó, y si falta este hecho fundamental del Evangelio, la fe de los creyentes es vana, la predicación de todos los apóstoles es falsa, y aquellos que se consideraban como creyentes aún se hallaban en sus pecados (1 Co 15:3-19). Sin esta esperanza, la familia de Dios no sería más que una compañía de tristes desesperados, sabiendo que no hay satisfacción en esta vida y sin esperanza para la venidera. Naturalmente, Pablo rechaza el error y adelanta la verdad histórica, que coincide con la verdad revelada: "Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos; primicias de los que durmieron... Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Co 15:20-22).
El testimonio del Maestro
Normalmente, cuando el Maestro anunciaba de antemano los sufrimientos y muerte del Hijo del Hombre, añadía la profecía: "y resucitará al tercer día"; misterio que los discípulos no eran capaces de comprender entonces (Mt 16:21). El era "la Resurrección y la Vida", según demostró delante de la tumba de Lázaro, y notemos que "resurrección" precede a "vida", pues estando los hombres en estado de muerte no habría sido posible ofrecerles la vida aparte del hecho de la muerte y de la resurrección del Hijo del Hombre. En cuanto a los suyos, enfatizaba la esperanza de la resurrección, viendo en ella la consumación de su obra a favor de ellos, repitiendo varias veces en el discurso sobre el "Pan de vida": "Y yo le resucitaré en el día postrero" (Jn 6:39,40,44,54).
Las profecías del Antiguo Testamento
Pablo, al afirmar el hecho de la resurrección de Cristo, añadió: "según las Escrituras". Anteriormente, el Maestro mismo había declarado ante sus discípulos en el cenáculo: "Así está escrito y así fue necesario que el Cristo (el Mesías) padeciese y resucitase de los muertos al tercer día" (Lc 24:46). No es muy fácil para nosotros hallar profecías concretas de la Resurrección del Mesías en el Antiguo Testamento, bien que, iluminada nuestra mente por la revelación del Nuevo Testamento, es posible discernir la presencia de la doctrina en todo el desarrollo del Plan de la Redención. Tanto Pedro como Pablo citan el Salmo 16 como predicción de la Resurrección del Mesías, y tenemos que tomar en cuenta que el elemento profético de los Salmos surge de las experiencias de David y de otros salmistas, pasando a veces la descripción de lo humano a un plano más elevado y sublime que no pudo cumplirse en la vida de los autores. Así las expresiones: "No dejarás mi alma en el Seol ni permitirás que tu Santo vea corrupción" pasan más allá de la liberación de David de alguna enfermedad, y enfoca la luz de la revelación en el Hijo de David (Hch 2:23-31) (Hch 13:35-37). En el profundo Salmo 22 se nos revela la lucha interna del Mesías en la Cruz, y después de estar "en la boca del león" y "en los cuernos de los búfalos", de repente se halla anunciando el nombre de Dios a sus hermanos (Sal 22:1-24). El mismo Señor vio en Jonás, arrojado del vientre del gran pez con el fin de predicar en Nínive, una figura de su muerte y su resurrección (Jon 2) (Mt 12:39-40). ¿Y qué diremos de la abrupta transición de (Is 53:10-11): "Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días... verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho"? No se emplea el vocablo "resucitar", pero se pasa de la muerte expiatoria a la plenitud de la vida.
El testimonio de Job
En medio de su amarga aflicción, Job deseaba a veces la muerte física, y, más a menudo, anhelaba la posibilidad de exponer su caso delante del Trono de Dios con el fin de aclarar el misterio de su crisis de dolor. En un momento de iluminación (Job 19:23-27) aprendió que sus inquietudes hallarían su solución en la resurrección del cuerpo, exclamando: "Yo sé que mi Redentor (Vindicador) vive, y al fin se levantará sobre el polvo. Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios, al cual veré por mí mismo, y mis ojos le verán y no otro". Parece ser que la luz fue como la de un relámpago, pasando rápidamente, pero con (Dn 12:2-3) constituye la declaración más clara de la resurrección corporal del creyente individual en el Antiguo Testamento, asociándose con la vida de su Vindicador. Tengamos en cuenta que la revelación de la verdad en el Antiguo Testamento es progresiva, lo que no anula la veracidad de ninguna de sus partes; sin embargo, este principio nos hace esperar que cada verdad tenga su debido desarrollo según el plan que Dios determina, llegando a su más clara expresión bajo el Nuevo Pacto.
La resurrección, simbolizada en el Antiguo Testamento
En cuanto a símbolos, en (Gn 22) vemos a Isaac cargado con la leña, y luego extendido sobre el altar con el cuchillo cerca de su garganta. Momentos después es el carnero el que sangra sobre el altar, mientras que Isaac está de pie, rebosando salud, y señalado como el heredero de la promesa. Se trata de una figura doble en que el carnero prefigura al "Cordero de Dios" inmolado, e Isaac al Señor triunfante sobre la muerte. Más ejemplos hay, y la gran lección que Abraham tuvo que aprender se resume en (Ro 4:17-22): "Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos".
La debilidad de las objeciones de los incrédulos
Cómo se establecen hechos históricos
El concepto de lo que es posible o imposible en este mundo ha variado bastante a través de los siglos, siendo un hecho innegable el que nuestros antepasados habrían negado enfáticamente la posibilidad de la televisión, los vuelos de reactores, viajes a la Luna, etc., que han surgido de la aplicación del método científico a los sistemas de comunicaciones. Nuestro conocimiento del ser humano es muy limitado aún, y es tan antifilosófico como antibíblico afirmar que no es posible el hecho de la resurrección corporal del Señor Jesucristo. La verdad es que un hecho histórico se establece por el testimonio concordante de buenos testigos; en el caso de la Resurrección la evidencia es abundante, siendo de toda confianza los testigos. Mencionamos algunas de las objeciones, con refutaciones basadas en la evidencia a mano.
"Hay discrepancias en los relatos de los cuatro Evangelios"
Los Evangelistas pusieron por escrito sus recuerdos de sus propias experiencias, o el testimonio que habían recibido de otros testigos, escogiendo entre múltiples hechos lo que convenía a su propósito al redactar su libro. La distancia entre la tumba y las casas de las mujeres y de los discípulos era corta y ocurren muchos incidentes que afectan a diversas personas en un tiempo muy limitado. Si Mateo y Lucas hubiesen escrito exactamente en los mismos términos, cualquier juez acostumbrado a cribar evidencia acerca de un acontecimiento complejo, hubiera sospechado una confabulación anterior. Los detalles en todos los Evangelios son gráficos, libres de dramatismo, y corresponden a lo que ciertos testigos vieron en los momentos de su observación. Unos testifican de ciertos detalles y otros de otros complementarios, sin que quede en duda ni por un momento la realidad del gran hecho central. Estas llamadas "discrepancias", pues, tienden más bien a confirmar la verdad, ya que sólo reflejan distintos aspectos y momentos de la dramática verdad que los ángeles anunciaron: "No está aquí; ha resucitado".
"Los discípulos robaron el cuerpo del Señor e inventaron la especie de que había resucitado"
He aquí el primer intento de formular una teoría alternativa que anulara la verdad proclamada por los apóstoles (Mt 28:11-15). Es evidente que hace caso omiso de toda la evidencia de los Evangelios, que es la única que tenemos. O admitimos el testimonio de los Doce y sus compañeros, o dejamos obrar la imaginación del crítico que desea creer cualquier teoría antes de admitir el gran hecho histórico. Precisamente los temores anteriores de los jefes de los judíos (Mt 27:62-66) constituyen evidencia que desacredita la teoría, antes de formularse. ¿Qué hacían allí los hombres de la guardia? ¿No bastaba la fuerza de estos hombres armados para resistir a un grupo de hombres pacíficos y medrosos? Y si se hubiesen dormido, ¿cómo pudieron saber que eran los discípulos precisamente los que habían robado el cuerpo? ¿Cómo podía quedar en la tumba el ropaje que retenía las especias usadas por José de Arimatea y Nicodemo? (Jn 20:3-10). En fin, la teoría falsea toda la evidencia que tenemos en cuanto al gran hecho.
"Jesús no murió en la Cruz, sino que sufrió un desmayo. Recobrando las fuerzas por la mañana, salió de la tumba"
Si el Señor no hubiese entregado su espíritu al Padre antes, la lanzada del soldado le habría rematado, lo cual era la intención del golpe (Jn 19:34-37). Aparte de un milagro tan grande como el mismo de la Resurrección, un hombre debilitado por el látigo romano y los horrores de la Cruz sería completamente incapaz de quitar la piedra desde dentro, y los soldados estaban allí para impedirlo de todas formas.
"Los discípulos, sugestionados por los grandes deseos que tenían de volver a ver a Jesús, sufrieron una serie de alucinaciones, imaginando que le veían, de modo que las manifestaciones sólo se revisten de un valor subjetivo, sin llegar a ser hechos reales"
Quizás esto podría haber sucedido en algún caso individual si los discípulos hubiesen tenido una fe ciega en la resurrección de su Maestro. Lejos de ello, sin embargo, estaban sumamente desanimados, desilusionados y temerosos (Jn 20:19). Las mujeres no acudieron a la tumba de madrugada con la idea de ver a su Señor resucitado, sino para embalsamar su cuerpo para el sueño de la muerte, preocupadas por el problema de cómo habían de remover la pesada piedra que cerraba la entrada (Mr 16:3). No existían, pues, las condiciones necesarias para alucinaciones de tipo optimista, sino todo lo contrario.
"La narración tradicional de la Resurrección es un mito que encierra hondas verdades espirituales, sin que tenga categoría histórica"
Quizás ésta es la teoría más popular entre teólogos liberales de nuestro tiempo. La escuela de "la crítica de forma" preparó el camino para las teorías más radicales de R. Bultmann, quien no ve más que una relación muy tenue entre la plena proclamación de Pablo del "Señor de la gloria" que venció la muerte y resucitó, y los vestigios históricos y tradicionales que se recogen en los cuatro Evangelios. Los relatos, según estas extrañas elucubraciones, surgen de las predicaciones de los evangelistas de los años 50 d. C. en adelante, que querían ilustrar dramáticamente lo que consideraban ser la verdad en cuanto a Cristo. Según esta teoría, los relatos han de ser desmitificados, ya que el hombre moderno no puede creer en la Encarnación, ni en los elementos milagrosos del ministerio del Señor, ni en su resurrección corporal. La Muerte de Jesús, según estos teorizantes, es un hecho que encierra hondas lecciones de orden moral, y pudo haber luego fenómenos subjetivos que infundieron en los discípulos la idea de un nuevo principio de vida, relacionada con Cristo. R. Bultmann y su escuela no conceden valor evidencial a los relatos de los evangelistas, aparte de unos fragmentos que su "discernimiento" de críticos descubre. En fin, la Resurrección corporal es un mito que tiene cierto valor en su género, pero que no ocurrió según los relatos de los evangelistas.
Nuestro primer comentario es que, si aceptáramos la teoría que acabamos de exponer, los evangelistas de los años 50 en adelante tendrían que ser hombres extraordinarios, ya que podían inventar relatos y crear una personalidad que han hecho hondísima impresión en multitudes de hombres sabios a través de casi dos mil años, incluyendo entre ellos eruditos de primer rango, conocedores no sólo del idioma original, sino de todas las normas de la exégesis literaria. Como ejemplo reciente citamos el caso de C. S. Lewis, de Cambridge, polígrafo destacadísimo, además de filósofo; después de explorar a fondo, como incrédulo, las esferas de sus especialidades, por fin halló la verdad en Cristo, tal como se presenta en los Evangelios: que luego aceptó sin dificultad, como documentos históricos.
En segundo término, no hubo tiempo para tales cambios y desarrollos. Ya vimos, al hablar de la historicidad de los Evangelios, que apenas mediaban veinte años entre la Cruz y las epístolas de Pablo a los tesalonicenses, escritos que reflejan doctrinas cristianas en pleno desarrollo y consonantes con los Evangelios: dato que en sí anula las suposiciones de los "críticos de forma" y de la escuela de Bultmann, ya que vivían aún muchos testigos que no admitirían una tergiversación de los hechos evangélicos.
"Los discípulos vieron un espíritu que se hacía visible a la manera de las evocaciones espiritistas"
En su lugar recalcamos el empeño del Señor de convencer a los discípulos que se presentaba ante ellos en cuerpo humano y no como espíritu, pero quizá vale la pena añadir algunas palabras de refutación, ya que es una de las hipótesis más corrientes. Es legítimo proponer la pregunta siguiente: ¿Qué se había hecho con el cuerpo durante las manifestaciones del Señor? Sin duda la tumba estaba vacía, y si el Sanedrín hubiese podido exhibir el cuerpo, habría cortado de raíz todo rumor sobre una resurrección. El hecho es que no lo hicieron porque el cuerpo había resucitado, no tratándose sólo de un espíritu que permanecía. Los Evangelistas refieren por lo menos diez manifestaciones, quizás había muchas más, que se produjeron bajo las más variadas condiciones y circunstancias. Lucas, al introducir el libro ahora llamado Los Hechos de los Apóstoles, escribió: "(Jesús), después de haber padecido, se presentó vivo (a los discípulos) con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios" (Hch 1:3). Pedro insiste en la realidad de esta manifestación al predicar el Evangelio en la casa de Cornelio diciendo: "A éste (a Jesús) levantó Dios al tercer día e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos" (Hch 10:40-41) (Lc 24:41-43) (Jn 21:1-15).
Resumen de las pruebas
Dios hizo amplia provisión para dar fe del hecho de la resurrección corporal del Señor Jesucristo después de su victoria sobre la muerte para espiar el pecado en la Cruz (He 2:14-15). Se trata sencillamente de aceptar el testimonio de las Sagradas Escrituras o de inventar algo diferente. El hombre "Jesús", que muchas veces embellece las obras de los teólogos de escuelas contemporáneas, no es aquel que se presenta en los únicos escritos que testifican de él. En definitiva, se trata o de recibir la fe que fue una vez para siempre dada a los santos, o de predicar "otro evangelio" que lleva ciertas referencias, escogidas arbitrariamente, a "Jesús", sin que tengan relación con la evidencia de las Sagradas Escrituras (Jud 1:3). Ya hemos notado los argumentos de Pablo en (1 Co 15), quien probaba que si el Evangelio no abarca la Resurrección del Señor no pasa de ser una triste ilusión. La salvación depende de nuestra fe en Cristo muerto y resucitado: "Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo" (Ro 10:9-10).
viernes, 15 de febrero de 2019
“¿QUÉ TENGO YO QUE VER CONTIGO, HOMBRE DE DIOS? ¿HAS VENIDO A RECORDARME MIS PECADOS Y A HACER MORIR A MI HIJO?"
(1 Reyes 17:17-24)
El niño corría por las polvorientas calles del pueblo de Sarepta. Subía por la escalera que estaba fuera de la casa para tratar de ver qué era lo que estaba haciendo el visitante. Su madre muchas veces le decía:
— ¡Niño, no subas la escalera, no molestes al varón de Dios! Pero aquella mañana con el cielo gris, el niño no corría como antes. La enfermedad fue muy breve y el desenlace llegó casi por sorpresa.
Una de las tareas más difíciles de un médico es atender a un niño con una enfermedad terminal como el cáncer o una enfermedad infecciosa mortal. Y cuando ese médico es padre, resulta aún más difícil.
La viuda de Sarepta había tenido que reorganizar su vida después del fallecimiento de su esposo. Luego sobrevino la crisis económica internacional, que produjo hambre no sólo en Israel sino también en Tiro y Sidón.
Y "aconteció después de estas cosas que cayó enfermo el hijo de la mujer, la dueña de casa, y su enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento" (1 R 17:17). Parecería que lo que provoca la muerte del niño es algo que tiene que ver con la respiración o los pulmones. No sabemos si tuvo una neumonía, una pulmonía severa, como una "bronconeumonía", o si su estado se debió a una debilidad de los músculos respiratorios por una afección del sistema nervioso, como la que produce la poliomielitis que, por supuesto, puede causar la muerte por asfixia. Pienso que, por frecuencia, las causas más comunes de muerte en un niño con los síntomas descritos son neumonía (pulmonía), poliomielitis, o difteria.
En el versículo siguiente, la mujer derrama su corazón y dice: "¿Qué tengo yo contigo, oh hombre de Dios? ¿Has venido a mí para traer a la memoria mis iniquidades y hacer morir a mi hijo?". Vemos en esta madre la reacción natural de un ser humano ante una tragedia de tal magnitud. Sin embargo, esta mujer reconoce la santidad del profeta de Dios. A veces, cuando nuestros amigos nos conocen íntimamente, se dan cuenta de que no somos tan "santos". Pero no es así con el profeta Elías. Por eso, ella cree que la tragedia de su hijo obedece a causas referidas a su propio pasado. Probablemente, en su juventud habría participado del culto a Baal. El profeta de Dios ha estado predicando públicamente el juicio de Dios en forma de sequía a causa del pecado de idolatría. Sabemos que el rey Acab lo consideraba su enemigo. Antes del capítulo 17, Elías ha tenido una actuación nacional denunciando el pecado de Acab y de Israel. Antes de que se encontrara con el profeta, esta mujer vivía una vida "normal"; no se consideraba mejor ni peor que los demás a su alrededor. Bien es cierto que vivía en la zona donde reinaba el padre de esa mujer impía llamada Jezabel.
Pero ahora que la muerte ha golpeado a la puerta de su casa, se pregunta: "¿Será posible que la muerte de mi hijo sea el resultado del pecado en mi vida?". Al compartir sus pocas pertenencias con el profeta, la mujer había demostrado que tenía temor reverencial de Dios. Esa fue la razón por la cual el Señor le mandó al mismo profeta Elías. Pero ahora que tiene delante de su presencia a este hombre tan santo, se da cuenta de que ella no es tan justa como se creía. Ella le pregunta al profeta: "¿Qué tienes contra mí? ¿Qué es lo que te he hecho para que me pase esto que parece un castigo de Dios?". Evidentemente, su concepción de Dios no era del todo correcta. Estaba acostumbrada a esas divinidades paganas que castigaban cruelmente a sus adoradores, si estos no hacían lo que ellas querían. Pero nuestro Dios no es así. El profeta Jeremías lo dice claramente: "Por la bondad del Señor es que no somos consumidos, porque nunca decaen sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad" (Lam 3:2223). La frase "¿Qué tengo yo contigo?" se podría interpretar así: "¿Qué tienes en contra de mí?". Sin duda, Elías no tenía nada en contra de ella. La presencia del profeta en su hogar la había salvado del hambre. Otros interpretan que esta frase significa algo así como: "¿Qué tenemos en común tú y yo? Yo soy una pecadora y tú eres un hombre de Dios; esta relación me ha dañado".
Esta señora ha sufrido por lo menos tres grandes reveses en su vida.
Primero, perdió a su esposo. Quizás su consuelo era que tenía un niño sobre el cual ella podía volcar todos sus afectos y esperanzas.
El segundo golpe sobreviene con el hambre. Entonces ella se resigna a morir con su hijo después de comer el último plato de comida. Dios utiliza la presencia del profeta para preservarlos en esta situación tan difícil. Note que ella no se queja a Dios de lo que ha acontecido.
Y ahora, con la muerte de su hijo, ha llegado el tercer golpe. La realidad es que ella no había hecho nada especial para merecerse este castigo. Dios, en su infinita sabiduría y providencia, ha permitido que esta tragedia sucediera. Por supuesto, tampoco nosotros podemos entender los propósitos de Dios cuando nos pasa algo grave. Es una bendición y consuelo saber que "Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito" (Ro 8:28).
Esta madre se está atormentando con la dolorosa pregunta: "¿Por qué a mí?". A menudo, tenemos la tendencia a sospechar que las desgracias que sufrimos se deben a un pecado personal. Cuando los discípulos vieron al ciego de nacimiento le preguntaron a Jesús: "¿Quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?", y la respuesta del Señor fue: "No es que este pecó ni tampoco sus padres. Al contrario, fue para que las obras de Dios se manifestaran en él" (Jn 9:23).
El profeta Elías va a mostrarle a la viuda esta misma verdad que, muchos años después, Jesús enseñaría a sus discípulos: "Y él le respondió: Dame tu hijo. Lo tomó del seno de ella, lo llevó al altillo donde él habitaba, y lo acostó sobre su cama" (1 R 17:19). Sin duda, este niño no era desconocido para Elías. Al viajar, muchas veces me he hospedado en casa de hermanos en la fe. Casi siempre hay un niño o una niña. Los dos primeros días tienen vergüenza frente al huésped. Si les preguntamos el nombre, salen corriendo con la cara colorada. Pero después de unos días se empiezan a acercar. Y yo me imagino que exactamente esto fue lo que sucedió con este niño. Sin duda, se había establecido una relación entre el profeta y el niño. Así que, cuando el profeta ora a Dios, no lo hace por un niño desconocido sino por un ser humano con quien él ha tenido contacto por más de un año.
Quizás usted se pregunte cuál sería la razón por la que Elías tomó al niño y se lo llevó a su cuarto en el altillo. Creo que hay varias posibilidades a considerar. En primer lugar, este no fue un milagro como los registrados en el Nuevo Testamento, en los que el Señor Jesús daba una orden verbal y el milagro se producía instantáneamente. Aquí el profeta va a interceder intensamente por este niño. Se va a "estirar" sobre el niño de la misma manera que después lo va a hacer el profeta Eliseo. Quizás, para la madre, era muy difícil entender lo que el varón de Dios estaba haciendo. Cuando el Señor Jesucristo resucitó a la hija de Jairo, no permitió que entrara en la habitación nadie más que el padre, la madre y los tres discípulos escogidos (Juan, Pedro y Jacobo). Cuando sanó al sordomudo, se separó de la gente. Las Escrituras nos dicen: "y tomándole aparte de la multitud, metió los dedos en sus orejas, escupió y tocó su lengua" (Mr 7:33). Lo mismo hizo con el ciego de Betsaida: "Entonces tomando al ciego de la mano, le sacó fuera de la aldea" (Mr 8:23).
Pero creo que hay algo más a considerar y es que su "dormitorio" se había convertido en el lugar de su lucha en oración. Allí el profeta Elías ha estado muchas horas en oración sintiendo la presencia de Dios. Ese es el mejor lugar para llevar al niño. Si la batalla espiritual ha de ser peleada, ese es el mejor territorio para ganarla. No sabemos la edad del niño, pero era lo suficientemente pequeño como para que el profeta lo pudiera levantar en sus brazos sin problemas. No creo que fuera uno de ésos jovencitos de 15 años que pesan 80 kilos.
Me imagino la escena. Elías lo toma en sus brazos cuidadosamente y con cariño. El profeta ha estado en esa casa durante más de un año y seguramente se ha encariñado con este niño. Pienso en la madre cuando permite que el cuerpo muerto del hijo que ella había engendrado quede en las manos del varón de Dios. Yo no sé si podemos captar la intensidad de esta escena. Ella ignora qué es lo que el profeta tiene en mente. ¿Se imagina usted qué hubiera sucedido si el profeta hubiera regresado con el niño muerto y se lo hubiera devuelto a su madre en esa condición?
Creo que tampoco Elías sabe bien lo que va a hacer, pero lo toma en sus brazos y hace lo único que sabe hacer en esas circunstancias: orar al Señor. El texto sagrado nos enseña: "y lo acostó sobre su cama" (1 R 17:19). En aquellos tiempos, muchas casas tenían una especie de "altillo", un cuarto sobre el techo, separado de la casa, al cual se podía llegar por medio de una escalera exterior. Al no tener comunicación interna con la casa, nadie podía desconfiar de la conducta moral de la viuda ni de Elías. Leamos ahora el versículo 20: "Entonces, clamando al Señor dijo: ¡0h Señor, Dios mío! ¿Aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciendo morir a su hijo?". Note que no es una oración monótona y sin energía. El profeta está clamando a Dios desde lo profundo de su corazón. Primero reconoce el señorío y la autoridad de Dios. Luego parecería que le reprocha a Dios por la muerte del niño. Digo "parecería" porque el profeta Elías es un hombre muy temeroso de Dios. Es un hombre de oración que tiene un conocimiento de Dios muy especial y muy íntimo. Podía orar a Dios de una manera que puede parecernos casi irrespetuosa, pero que en verdad no lo era. Muy a menudo, en las oraciones del Antiguo Testamento se esgrimen argumentos frente a Dios. El que ora le da a Dios una buena razón por la cual espera que él haga lo que se le está solicitando. Por ejemplo, cuando Abraham intercede por Sodoma, dice: "No se enoje mi Señor, si hablo sólo una vez más: Quizás se encuentren allí diez" (Gn 18:32).
Sobre la base de esta costumbre, Elías pregunta al Señor: "¿Aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciendo morir a su hijo?" (1 R 17:20).
En algún sentido, "acusa" o hace responsable a Dios de lo que ha sucedido. En segundo lugar, le "recuerda" a Dios que no ha tenido en cuenta lo que esta viuda ha hecho por el profeta. ¡Qué bueno es para nosotros saber que "Dios no es injusto para olvidar vuestra obra"! (He 6:10). El profeta Jeremías lo expresa muy bien al decir "Justo eres tú, oh Señor, para que yo contienda contigo. Sin embargo, hablaré contigo sobre cuestiones de derecho" (Jer 12:1).
El relato nos cuenta que, después de presentar sus argumentos frente a Dios, el profeta "se tendió tres veces sobre el niño y clamó al Señor diciendo: ¡Oh Señor, Dios mío, te ruego que el alma de este niño vuelva a su cuerpo!" (1 R 17:21).
Dios hace maravillas ante una pérdida irreparable
El profeta de Dios que se tiende tres veces sobre el niño nos trae al corazón a aquel que es Dios manifestado en carne. Las Escrituras nos cuentan que, en el huerto de Getsemaní, Jesús "se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, de ser posible, pase de mí esta copa. Pero, no sea como yo quiero, sino como tú" (Mt 26:39). Elías se tendió tres veces sobre el niño y oró. Jesucristo se postró en tierra sobre su rostro tres veces y oró.
Trate de visualizar la escena. El profeta se tiende sobre el pequeño cuerpo del niño muerto y no pasa nada. Lo hace una segunda vez y no pasa nada. Creemos que en cada ocasión repite la misma oración. Quizás nosotros nos hubiéramos dado por vencidos la primera o la segunda vez. Pero Elías era un hombre de oración perseverante. Observe que su oración es muy concreta. Entonces "el Señor escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a su cuerpo, y revivió" (1 R 17:22).
Es un consuelo saber que el Señor, en su compasión, también nos escucha. Por eso, las Escrituras nos animan en (He 4:16): "Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia para que alcancemos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro".
El niño comienza a respirar, abre sus ojos, se sienta sobre la cama y ve el rostro lleno de lágrimas del varón de Dios. Abre su boca y dice algo así como: "¿Dónde estoy? Elías, ¿qué estoy haciendo aquí?". Quizás no tiene una respuesta inmediata. El siguiente versículo nos dice que "Elías tomó al niño, lo bajó del altillo a la casa y lo entregó a su madre. Luego Elías dijo: ¡Mira, tu hijo está vivo!".
Se acaba de producir el primer milagro de resurrección registrado en la Biblia. El profeta lleva al niño desde el altillo hacia donde está su madre. Allí está ella. Su rostro inclinado al suelo, mientras las lágrimas cubren su semblante. De pronto, una voz fuerte la interrumpe y le dice: "¡Mira, tu hijo vive!". La mayoría de nosotros hemos llevado el cuerpo de un ser querido para ser sepultado, pero los creyentes sabemos que ahí no se termina todo. Los creyentes en Jesucristo tenemos alguien más eficiente que Elías. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo dice: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios traerá por medio de Jesús, y con él, a los que han dormido" (1 Ts 4:13-14). Elías subió los peldaños llevando un cuerpo muerto, pero bajó la escalera del aposento de la mano de un niño lleno de vida. El Señor Jesús bajará del cielo y llevará a los suyos "porque el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero" (1 Ts 4:16).
El relato de 1 Reyes concluye diciendo: "Entonces la mujer dijo a Elías: ¡Ahora reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del SEÑOR es verdad en tu boca!" (1 R 17:24). Parecería que el hecho de que durante más de un año ella y su hijo han sido alimentados milagrosamente no ha sido suficiente para convencerla de que Elías es un hombre de Dios. Después del milagro de la harina y el aceite ella sabía que Elías tenía "poderes" extraordinarios. Pero ahora que su hijo ha sido resucitado todo ha cambiado. Ella sabe que algo ha pasado en su vida, algo que nunca jamás ha sucedido. Un día vamos a estar en la presencia de Dios. Allí veremos a aquellos hermanos en la fe cuyos cuerpos entregamos a la tierra esperando el día de la resurrección. ¿Se imaginan cuál será nuestro sentir al verlos allí resucitados en la misma presencia del Señor? Diremos como la mujer de Sarepta: "¡Ahora reconozco que la palabra del Señor es verdad!".
La madre toma a su hijo, lo abraza, lo besa y llora con lágrimas de gozo que sólo Dios puede dar. Ella puede decir, como dirán los samaritanos muchos años después: "Ya no creemos a causa de la palabra tuya, porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo" (Jn 4:42). En mi opinión, la referencia de (He 11:35) puede ser una alusión a esta viuda: "Mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección".
Dios tenía un plan y en ese plan van a instruirse por lo menos cinco clases de personas.
En primer lugar, la viuda va a aprender que el profeta tiene una relación extraordinaria con el Dios de Israel. Y que ese Dios, a diferencia de los que ella conoció en su paganismo, puede hacer maravillas cuando oramos a él.
Segundo, va a instruirse al mismo profeta Elías en cuanto a que el Señor tiene un propósito en nuestras pruebas y tragedias.
Tercero, ese niño va a aprender mucho cuando crezca y se le explique con detalles todo lo que sucedió.
Cuarto, Eliseo, el futuro sucesor de Elías, va a aprender cómo actuar en una situación similar, resucitando al hijo de la viuda sunamita (2 R 4:33-34).
En quinto lugar, usted y yo aprendemos que el Señor Jesús es aquel que vino "para destruir por medio de la muerte al que tenía el dominio de la muerte" (He 2:14). Un día, el profeta sigue su camino y se despide de la viuda y de su hijo. Allí queda una pequeña familia que ha experimentado la verdad de que Dios es el padre de los huérfanos y el defensor de las viudas. La tormenta fue tremenda pero el arco iris fue mucho más hermoso.
Algunas acotaciones médicas sobre la muerte del niño
Las causas más comunes de muerte en un niño con los síntomas descritos son neumonía (pulmonía), poliomielitis o difteria. También debe ser considerada la posibilidad de otras enfermedades infecciosas del sistema nervioso. En la difteria, el microbio produce unas toxinas o venenos muy poderosos que dañan órganos vitales como el corazón. Quiero destacar que cuando la muerte se produce por una enfermedad infecciosa o tumoral, se debe a la destrucción o daño severo de órganos vitales. En el caso de la neumonía, por ejemplo, los pulmones tienen un daño extenso. En la resurrección de este niño se producen por lo menos los siguientes tres actos simultáneos:
1. El alma vuelve al cuerpo (1 R 17:22).
2. El daño ocasionado por la enfermedad es restablecido completamente. Es decir, este niño no quedó con un "pulmón de menos".
3. El agente que causó la enfermedad, como la bacteria, el virus o la célula cancerosa es completamente destruido. De lo contrario, pocos días después el niño hubiera muerto nuevamente.
domingo, 10 de febrero de 2019
” ¡CUÁN GRANDES SON LAS SEÑALES, Y CUÁN POTENTES SON LAS MARAVILLAS DEL DIOS ALTÍSIMO!”
(Daniel 4:1-37)
Parece obvio que transcurrieron varios años desde la experiencia de los amigos de Daniel en el capítulo anterior y el sueño de Nabucodonosor que ahora vamos a considerar. Todo indica que el rey había consolidado su hegemonía política y militar, había edificado ciudades, palacios y engrandecido a Babilonia. Se trataba, por lo tanto, de un período de tranquilidad en el que Nabucodonosor se sentía tranquilo y satisfecho por todo lo que había conseguido. Teniendo en cuenta que este monarca tuvo un reinado bastante largo, 43 años (605 al 562 a.C.), y que la locura descrita en este pasaje duró siete años, después de los cuales todavía disfrutó de algunos años más en el trono, es razonable situar estos acontecimientos a partir del año 33 de su reinado.
Los grandes éxitos conseguidos por Nabucodonosor le habían llevado a estar confiado en su trono, lo que parece lógico. Pero al mismo tiempo, también se había ido llenando de orgullo y altivez contra Dios. El hecho de construir una enorme estatua y obligar a todos a postrarse ante ella para adorarla, ya sirvió para mostrarnos a un hombre lleno de orgullo y sin respeto hacia Dios.
En la Biblia encontramos ciertos principios a través de los cuales el Señor trata con los hombres. Uno de ellos es que Dios humilla a los soberbios y exalta a los humildes (Stg 4:6). Por eso, cuando una persona se enaltece por encima de sus semejantes, y en su orgullo llega a pensar que está al mismo nivel que Dios, entonces su caída está próxima. No importa si se trata del gobernante más poderoso de la tierra; Dios no está dispuesto a compartir su gloria con nadie. Siglos antes, Faraón de Egipto ya había tenido que descubrir que el único al que pertenecen el poder y la gloria es al Dios del cielo.
Ahora bien, aunque lo que aquí tenemos es un juicio directo contra la arrogancia de Nabucodonosor, en realidad, toda Babilonia es presentada en la Biblia como un símbolo del orgullo humano que se levanta contra Dios (Is 47:7-8).
En cuanto al relato que tenemos ante nosotros, hemos de notar que se nos presenta como un edicto oficial por medio del cual Nabucodonosor quiere dar testimonio de cómo Dios había dirigido su vida. En realidad, Dios se le había revelado de forma directa en varias ocasiones, y aunque él había quedado muy impresionado, no por eso había llegado a convertirse en un adorador del Dios de los cielos. Recordamos las dos ocasiones previas descritas en los primeros capítulos de Daniel, pero también el testimonio que había recibido por medio del profeta Jeremías. No hemos de olvidar que cuando Jerusalén fue capturada definitivamente, Nabucodonosor había ordenado a su general que cuidara del profeta Jeremías y no le hiciera ningún daño (Jer 39:11-12). Sin duda, esto era porque conocía las predicciones que este profeta llevaba tiempo haciendo sobre él y lo que iba a hacer en Jerusalén (Jer 21:1-7) (Jer 25:1-14). Pero aun habiendo tenido revelaciones tan claras de Dios, con todo, Nabucodonosor no se había convertido en un verdadero adorador suyo. Pero ahora las cosas iban a cambiar.
El edicto de Nabucodonosor
(Dn 4:1-3) "Nabucodonosor rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo. ¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación."
Lo que ocurrió en la vida de Nabucodonosor fue tan importante que él mismo quiso dar testimonio de ello "a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra". Lo hizo por medio de un edicto imperial que inicialmente circularía ampliamente por todo su reino, y que más tarde, el Espíritu Santo llevó a Daniel a incluirlo como parte inspirada de las Sagradas Escrituras. Suponemos que Daniel incorporó el escrito de un rey pagano porque servía para dar la gloria a Dios, pero también porque sabía que el cambio producido en el rey era auténtico y estaba fuera de toda duda.
Es admirable el deseo de Nabucodonosor de dar testimonio acerca del Dios del cielo al que finalmente había llegado a conocer de manera personal. Y lo hace con todos los medios a su disposición. ¡Cuánto tenemos que imitar este deseo!
Nabucodonosor declara varias cosas acerca de este Dios. Veamos cómo lo hace.
1. "Paz os sea multiplicada"
En primer lugar es interesante notar las palabras con las que empieza su edicto: "Paz os sea multiplicada". Es verdad que esta era una fórmula habitual con la que en aquella época se comenzaban este tipo de escritos, pero dado el contenido de este edicto, bien podemos decir que en este caso encierra una gran verdad. Aquel que en otro tiempo había sido el terror de las naciones ahora les deseaba paz.
Seguramente, cuando muchos de los reinos que él había conquistado recibieran aquel edicto, comenzarían dudando de que sus deseos hacia ellos fueran realmente de paz. ¿Qué paz podrían tener después de que sus ejércitos habían conquistado, destruido, deportado y aniquilado sus reinos? Pero lo cierto es que ahora Nabucodonosor les hablaba desde el corazón.
Salvando las grandes diferencias, esto nos recuerda el comentario que se hacía del apóstol Pablo una vez que dejó de ser un perseguidor de la iglesia para convertirse en un ardiente predicador de Cristo:
(Ga 1:23) "Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba."
¿Es posible que las personas puedan llegar a cambiar de esa manera? ¿De qué modo podía llevarles ahora Nabucodonosor la paz? Bueno, en realidad, sólo Dios puede producir un cambio tan sorprendente en las personas. Y de algún modo, Nabucodonosor deseaba que todos llegaran a conocerle, para que también disfrutaran de la paz que él mismo había llegado a tener en su corazón.
2. "Las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo"
Así que, pasa inmediatamente a explicar las razones por las que él se había convertido en un adorador del Dios Altísimo. La primera cosa que señala son sus "señales y milagros", que él reconoce con enorme admiración: "¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas!".
Como ya hemos señalado, Dios se había revelado a Nabucodonosor en varias ocasiones, y en todas ellas lo había hecho de una forma asombrosa. Recordemos el caso del sueño que tuvo y que ninguno de sus sabios pudo revelarle ni tampoco interpretarle. O la ocasión en la que los tres amigos de Daniel habían sido librados del horno ardiente por ese mismo Dios. Toda esa evidencia era asombrosa, pero aun así, Nabucodonosor podía haber endurecido su corazón y no recibirla. Eso mismo es lo que siglos antes había hecho Faraón después de ver todas las poderosas señales que Dios le mostró por medio de Moisés. Y lo mismo ocurre con millones de personas en nuestro mundo hoy. Permanecen en incredulidad a pesar de toda la revelación que Dios les ha proporcionado, de modo, que como el apóstol Pablo dijo: "No tienen excusa".
(Ro 1:19-20) "Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa."
3. "Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación"
Nabucodonosor siempre había pensado que habían sido su fuerza y sabiduría las que le habían llevado a consolidar su reino y autoridad, pero ahora reconoce que hay un Rey en el cielo que es el verdadero Soberano, el único que tiene el poder y la autoridad supremos.
Pero llega más allá y afirma: "su señorío de generación en generación". Es muy significativo que Nabucodonosor haga esta declaración. Recordemos que cuando le fue mostrado por medio de un sueño que su reino iba a ser sustituido por otros, esto no pareció gustarle nada. En ese sueño vio una enorme imagen construida de diversos materiales. Su reino fue simbolizado por medio de la cabeza de oro, pero debajo de él había otros reinos. Esto no le agrado, y lo siguiente que hizo fue construir una gran imagen enteramente de oro. Era su forma de decir que su reino habría de durar para siempre. No se conformaba sólo con ser la cabeza, quería que su reino fuera eterno. Pero ahora, Nabucodonosor reconoce que el Dios Altísimo es el único que tiene señorío de "generación en generación".
4. La nueva actitud de Nabucodonosor
Además del reconocimiento explícito que hizo de la grandeza de Dios, es interesante que observemos también su actitud. En cuanto a esto hay dos cosas que nos llaman la atención.
La primera de ellas es la forma en la que se dirige a Dios. En ocasiones anteriores, cuando también había sido asombrado por él, se había referido a Dios como el Dios de Daniel o de sus amigos, pero nunca como su propio Dios. Pero ahora su actitud ha cambiado radicalmente y nos encontramos con un testimonio muy personal.
Y en segundo lugar, notamos que adora a Dios después de haber sido humillado muy duramente por él. Tuvo que ser terrible vivir como una bestia por siete años, pero al recuperar la cordura reconoce sin problemas que su castigo había sido justamente merecido. No hay rencor ni odio, sino que por el contrario se muestra agradecido y adora a ese mismo Dios que le había castigado. Al hacerlo, estaba reconociendo también sus pecados.
Nabucodonosor tiene otro sueño y busca su interpretación
(Dn 4:4-9) "Yo Nabucodonosor estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio. Vi un sueño que me espantó, y tendido en cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron. Por esto mandé que vinieran delante de mí todos los sabios de Babilonia, para que me mostrasen la interpretación del sueño. Y vinieron magos, astrólogos, caldeos y adivinos, y les dije el sueño, pero no me pudieron mostrar su interpretación, hasta que entró delante de mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, y en quien mora el espíritu de los dioses santos. Conté delante de él el sueño, diciendo: Beltsasar, jefe de los magos, ya que he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde, declárame las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación."
Todo empezó un día en el que Nabucodonosor estaba tranquilo en su casa y floreciente en su palacio. Se trataba de un período de su vida cuando ya había conquistado a numerosas naciones y había realizado una inmensa construcción de Babilonia, tal como atestiguan numerosos restos arqueológicos. Podríamos decir que era un merecido tiempo de paz y prosperidad después de los grandes esfuerzos realizados.
En esas circunstancias Nabucodonosor recibió una segunda revelación de Dios a través de un sueño que le asustó: "Vi un sueño que me espantó, y tendido en cama, las imaginaciones de mi cabeza me turbaron". A diferencia de la ocasión anterior, en esta sí que recordaba el sueño, pero le intrigaba su significado.
De nuevo el rey volvió a reunir a todos los sabios de Babilonia ("magos, astrólogos, caldeos y adivinos") para que le mostrasen la interpretación del sueño, pero como ya había pasado anteriormente, no pudieron mostrársela. Lo más sensato habría sido despedir hacía tiempo a todo aquel grupo de embusteros y vividores, pero por alguna razón, el rey seguía dependiendo de ellos.
Todo cambió cuando llegó Daniel, al que el rey llamaba Beltsasar, como el nombre de su dios. Parece que él no fue convocado junto con los otros sabios. Quizás su ausencia se debía a que Daniel estaba ocupado en otras tareas de gobierno y ya no formaba parte de este grupo de sabios. Tal vez por eso Daniel no fue obligado a comparecer ante el rey, sino que se presentó por su propia voluntad.
Nabucodonosor difícilmente habría olvidado la fuerte impresión que le había causado cuando interpretó su anterior sueño (Dn 2:46), así que sería escuchado con gusto. Al fin y al cabo, todos los sabios juntos fueron incapaces de atender a la demanda del rey. Nos encontramos de nuevo con el contraste entre la luz y las tinieblas.
En todo caso el rey no se había olvidado del profeta hebreo al que recuerda por sus dos nombres: "Daniel, cuyo nombre es Beltsasar". Daniel era su nombre hebreo que significaba "Dios es mi juez", mientras que Beltsasar era el nombre que Nabucodonosor le había puesto en honor a una deidad babilónica. De todos modo, reconocía que en Daniel moraba "el espíritu de los dioses santos". Parece claro que el rey no tenía dudas de la diferencia entre los dioses de su panteón y el Dios de Israel, aunque en ningún momento había decidido reconocerlo como su Dios personal. Él era como esas personas que acuden a la Palabra de Dios como el último recurso ante problemas para los que no tienen otra solución, pero que la ignoran el resto de sus vidas.
Nabucodonosor contó el sueño a "Beltsasar, jefe de los magos". Al tratarle de este modo estaba reconociendo que había demostrado ser más sabio que todos ellos. Y esto fue lo que le dijo: "ya que he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde, declárame las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación".
Una vez más, ante el fracaso de sus hechiceros, este rey pagano y politeísta tenía que reconocer que necesitaba la ayuda de Jehová, el Dios de los judíos.
Nabucodonosor explica su sueño a Daniel
(Dn 4:10-18) "Estas fueron las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama: Me parecía ver en medio de la tierra un árbol, cuya altura era grande. Crecía este árbol, y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo, y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra. Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y había en él alimento para todos. Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne. Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo. Y clamaba fuertemente y decía así: Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje, y dispersad su fruto; váyanse las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas. Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo; sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra. Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos. La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la resolución, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres. Yo el rey Nabucodonosor he visto este sueño. Tú, pues, Beltsasar, dirás la interpretación de él, porque todos los sabios de mi reino no han podido mostrarme su interpretación; mas tú puedes, porque mora en ti el espíritu de los dioses santos."
El sueño no encerraba grandes dificultades. Nabucodonosor había visto un árbol en medio de la tierra que le llamó la atención por su tamaño, belleza y fruto. En él encontraban alimento y refugio muchos animales que vivían a su cobijo. Sin embargo, aunque este árbol crecía y se hacía fuerte, de tal modo que su copa llegaba hasta el cielo, la tragedia lo alcanzó. Esta vino por medio de un mensajero enviado del cielo, al que Nabucodonosor, como rey pagano identifica como "un vigilante y santo que descendía del cielo". Este mensajero dijo que el árbol debía ser derribado, sus ramas cortadas, sus hojas arrancadas y su fruto esparcido, de tal manera que los animales y aves que habían encontrado refugio en él fueran dispersados. Sin embargo, la cepa de sus raíces no debía ser cortada, sino asegurada en la tierra con atadura de hierro y de bronce.
Luego el sueño cambia, y el árbol se convierte en un hombre al que le es dado "corazón de bestia", y como tal se comporta viviendo con las otras bestias, mojándose con el rocío del cielo y comiendo hierba de la tierra. Ese estado se prolongaría por un período de "siete tiempos", que probablemente indique siete años.
El propósito de todo lo que el sueño predecía era para "que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres".
Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor
(Dn 4:19-27) "Entonces Daniel, cuyo nombre era Beltsasar, quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban. El rey habló y dijo: Beltsasar, no te turben ni el sueño ni su interpretación. Beltsasar respondió y dijo: Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que mal te quieren. El árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, y cuya copa llegaba hasta el cielo, y que se veía desde todos los confines de la tierra, cuyo follaje era hermoso, y su fruto abundante, y en que había alimento para todos, debajo del cual moraban las bestias del campo, y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo, tú mismo eres, oh rey, que creciste y te hiciste fuerte, pues creció tu grandeza y ha llegado hasta el cielo, y tu dominio hasta los confines de la tierra. Y en cuanto a lo que vio el rey, un vigilante y santo que descendía del cielo y decía: Cortad el árbol y destruidlo; mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce en la hierba del campo; y sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias del campo sea su parte, hasta que pasen sobre él siete tiempos; esta es la interpretación, oh rey, y la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre mi señor el rey: Que te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere. Y en cuanto a la orden de dejar en la tierra la cepa de las raíces del mismo árbol, significa que tu reino te quedará firme, luego que reconozcas que el cielo gobierna. Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad."
1. El conflicto personal de Daniel cuando recibe la interpretación del sueño
Daniel llegó a saber cuál era la interpretación del sueño de Nabucodonosor, y por esa razón "quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban". ¿Por qué llegó a turbarse de ese modo? Seguramente el aprecio que Daniel tenía hacia el rey le llevaba a intentar evitar informarle de un mensaje de juicio como el que el sueño revelaba. En todo caso, esta no es la única ocasión en la que Daniel fue afectado espiritual y físicamente por las revelaciones que recibía (Dn 7:15,28) (Dn 8:27)(Dn 10:16-17). En esto notamos que él no era una máquina que transmitía la voluntad de Dios de una forma fría, sino que de algún modo tomaba parte en el mensaje que tenía que comunicar, y eso le llevaba a tener conflictos personales.
Cuando Nabucodonosor notó la turbación de Daniel, le animó a compartir el significado del sueño con él. Sabía que podía confiar plenamente en tan fiel consejero.
Con una actitud respetuosa, Daniel declaró que hubiera preferido que el sueño se refiriera a sus enemigos: "Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que mal te quieren".
La situación en la que Daniel se encontraba no era fácil. El mensaje que tenía que comunicar al rey de parte de Dios implicaba que iba a ser degradado al nivel de una bestia. Se requería un valor excepcional para darle una interpretación completa del sueño. Pero Daniel era un profeta fiel que no iba a ocultar nada al rey.
2. "El árbol que crecía y se hacía fuerte... tú mismo eres, oh rey"
Daniel comienza repitiendo la descripción del grandioso árbol que Nabucodonosor había visto en su sueño para pasar a explicarle inmediatamente que era un símbolo de él mismo y de su reino.
Al igual que el árbol de su sueño, su reino se había extendido y consolidado bajo su liderazgo, de tal modo que su imperio había llegado a ser el más grande de todos los tiempos.
Muy probablemente, esta primera parte de su sueño no le causó ninguna preocupación a Nabucodonosor, más bien pudo haber hecho que se enorgulleciera considerando la grandeza de su reino.
Pero el problema de todo esto, y lo que realmente provocó el juicio divino, es que Nabucodonosor mantenía una actitud orgullosa y altiva, a tal punto que tenía intenciones de reemplazar a Dios. Este árbol que se hacía fuerte "y su copa llegaba hasta el cielo", nos recuerda necesariamente a la torre de Babel, donde la arrogancia llevó a los hombres de aquella época a pensar de un modo similar: "edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre" (Gn 11:4). Y encontramos un caso muy similar en el profeta Ezequiel, cuando utiliza la misma metáfora del árbol para describir el orgullo de Asiria (Ez 31:3-14). También en ese caso, el hecho de "ser encumbrado en altura, y haber levantado su cumbre entre densas ramas", le llevó a que "su corazón se elevara con su altura".
El profeta Isaías recogió perfectamente los pensamientos del rey de Babilonia:
(Is 14:13-14) "Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo."
El hombre no está preparado para recibir gloria, y cuando esto ocurre, con toda facilidad se envanece y se llena de orgullo para su propia destrucción. Se creen dioses no siendo nada más que pobres hombres. Sólo tenemos que ver cómo en nuestros días muchos de los actores o deportistas famosos acaban muy mal sus días por esta causa.
3. El juicio sobre Nabucodonosor
A continuación llegan las malas noticias. El encargado de hacerlas llegar es "un vigilante y santo que descendía del cielo". Esta es la forma en la que lo entendía un rey pagano como Nabucodonosor, pero probablemente se refiera a lo que nosotros conocemos como un ángel. En todo caso, la sentencia provenía "del Altísimo".
El juicio anunciado consistía en cortar el árbol, y además, para evitar que siguiera creciendo, sería atado con "atadura de hierro y de bronce".
Pero a partir de aquí hay un cambio en las figuras empleadas, de tal manera que la cepa del árbol se identifica con una bestia. Y tal como Daniel explica, todo esto anunciaba que Nabucodonosor sería removido de su posición de autoridad en su reino y sería echado fuera del palacio para vivir como un animal entre las bestias del campo hasta que pasaran siete tiempos. En ese tiempo el rey viviría como un demente. Los médicos describen esta enfermedad mental como zoantropía, lo que le lleva a la persona a que reaccione y se comporte como un animal, aunque al tratarse de un juicio divino, no hay ninguna necesidad de establecer ningún paralelo con alguna enfermedad previamente conocida. En todo caso, el rey no podía caer más bajo.
Ahora bien, por medio de este juicio Dios estaba diciendo algo muy importante: Cuando un hombre se enorgullece contra él, está perdiendo aquello que le caracteriza como auténticamente humano, porque el hombre ha sido creado para glorificar a Dios, no a sí mismo.
4. El propósito del juicio
Daniel explica al rey cuál iba a ser el propósito de esta dolorosa experiencia: "que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere".
El poder que Nabucodonosor había llegado a acumular le hacía pensar que él tenía el domino absoluto en el reino de los hombres, pero esto era falso. El único Soberano es Dios, a quien el rey en su orgullo había menospreciado. Y era ese mismo Dios, contra el que él se enorgullecía, quien le había dado la autoridad que ostentaba, pero que del mismo modo se la podía quitar, como de hecho estaba a punto de hacer.
Es importante subrayar que Dios no ha abdicado ni ha abandonado su reino. Él sigue siendo el Altísimo y tiene todo el dominio en el reino de los hombres.
5. Una promesa de restauración
Dios iba a demostrar a Nabucodonosor que era él quien gobernaba. La prueba consistiría en que su reino le sería devuelto cuando reconociera que "el cielo gobierna", que es una expresión para referirse a Dios sin usar su nombre.
Esto sería sin duda un hecho milagroso, porque en todos los reinos y en el mundo de la política, siempre hay rivales deseosos de ascender. Pero para que Nabucodonosor comprendiera que era cierto que quien ponía y quitaba reyes era Dios, su reino le sería devuelto una vez que recuperara la cordura.
6. El consejo de Daniel
Daniel terminó exhortando al rey para que reconociera sus pecados: "Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad".
Aquí vemos un principio espiritual que encontramos también en otras partes de las Escrituras: Cualquier sentencia puede ser anulada si se interpone el arrepentimiento (recordemos el caso de Nínive ante la predicación de Jonás). La decisión que Nabucodonosor tomara determinaría cómo viviría los próximos años. Como siempre, nuestras decisiones actuales determinan nuestra condición futura.
Daniel aconseja al rey que se arrepienta, algo que un monarca como aquel no estaría acostumbrado a escuchar. Sin duda, este arrepentimiento debería ser en primer lugar en relación al Dios del cielo a quien había ofendido. Pero es interesante notar que Daniel incluye también la necesidad de extender su arrepentimiento hacia los hombres, "haciendo misericordias para con los oprimidos". Al fin y al cabo, el amor a Dios implica el amor a nuestro prójimo que ha sido hecho a la imagen de Dios, y Nabucodonosor, como suele ser corriente entre los poderosos del mundo, había conseguido su inmenso poder a base de carecer de justicia y misericordia para con los hombres.
En cuanto a la traducción que dice: "tus pecados redime con justicia", debemos aclarar que el verbo traducido aquí por "redimir" significa literalmente "romper con". La idea sería: "Pon fin a tus pecados haciendo justicia". Es importante aclarar esto porque de otro modo podría parecer que Dios le estaba prometiendo al rey el perdón de sus pecados a cambio de hacer buenas obras, cosa que sabemos por otras partes de la Escritura que es imposible (Ef 2:8-9).
Ahora bien, aunque la salvación es por "la fe sin las obras de la ley" (Ro 3:28), olvidamos con frecuencia que una fe que no produce obras está muerta o no existe: "la fe sin obras es muerta" (Stg 2:20). Por lo tanto, lo que Daniel le está indicando al rey es que debía de producir frutos dignos de su arrepentimiento. El verdadero arrepentimiento no implica únicamente dejar de hacer el mal, sino también aprender hacer el bien.
Notemos dos grandes verdades que se desprenden del consejo de Daniel. La primera es que Dios extiende su amor y oferta de perdón a todos los hombres, incluidos, por supuesto, aquellos que no eran judíos. Y en segundo lugar, que no hay hombre tan malvado al que Dios no pueda perdonar. Nabucodonosor es un buen ejemplo de ambas cosas.
Si el rey hubiera escuchado las sabias palabras de Daniel, se hubiera librado de siete años de locura, pero como veremos a continuación, no quiso escucharle.
El cumplimiento de la visión
(Dn 4:28-33) "Todo esto vino sobre el rey Nabucodonosor. Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad? Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves."
Todo parece indicar que aunque Nabucodonosor recibió la interpretación de Daniel con preocupación, pronto se olvidó de ella y de la exhortación que le había hecho. Pero los juicios de Dios siempre llegan.
(Nm 23:19) "Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?"
En este caso pasó un año entero antes de que la sentencia se cumpliera. Un año en el que Nabucodonosor tuvo la oportunidad de arrepentirse. Un año en el que Dios soportó con paciencia la orgullosa actitud de este rey. ¡Qué paciente es Dios! Pero su gracia, compasión y paciencia no son comprendidas por los hombres impíos.
Pero puesto que Nabucodonosor continuó en su pecado de orgullo, Dios trajo el juicio anunciado sobre él.
Veamos cuáles eran los pensamientos del rey cuando todo esto ocurrió: "Paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?".
Los testimonios que nos han llegado de la antigüedad confirman que la fama que Babilonia tenía como una de las siete maravillas del mundo antiguo estaba ampliamente justificada. Los reyes que precedieron a Nabucodonosor únicamente se ocuparon de realizar conquistas, pero él, además de seguir en esa misma línea, se destacó también como el gran constructor de Babilonia. Según testimonios antiguos, la ciudad tenía más de 5 kilómetros cuadrados de extensión y estaba protegida por una muralla exterior de un ancho que permitía que cuatro carros circularan al mismo tiempo por ella con el fin de vigilarla. En su interior, la ciudad fue hermoseada con bellos palacios, jardines colgantes, infinidad de templos y santuarios. En conjunto, la belleza de esta imponente ciudad dejaba una impresión duradera en todos aquellos que la veían. En cierto sentido, Nabucodonosor tenía razones para enorgullecerse de las hermosas obras de construcción que había realizado.
Ahora encontramos al rey dando "un paseo por la terraza del palacio real", haciendo alarde de sus logros, cuando vino una voz del cielo que confirmó su sentencia. Desde la caída de Adán, el orgullo humano siempre ha sido su principal problema.
Nabucodonosor no quería aceptar que todo lo que tenía era un regalo de Dios, sino que pensaba que era fruto de su propia capacidad, por esa razón, en lugar de glorificar a Dios, decidió glorificarse a sí mismo, pero Dios no lo iba a permitir esto, así que se dispuso a humillarlo.
En primer lugar, puesto que él creía que todo funcionaba debido a sus habilidades como rey, Dios lo iba a separar de las funciones de gobierno durante siete años, después de los cuales descubriría que todo seguía igual, aunque durante ese tiempo no habían podido contar con él para nada. Y en segundo lugar, puesto que razonaba y se comportaba como una bestia, Dios iba a hacer que realmente lo fuera en todos los sentidos. Así que "en la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves".
Quizá debido a su posición real, Nabucodonosor fue aislado en un jardín privado impidiendo que el pueblo tuviera ocasión de contemplar su lamentable condición.
La restauración de Nabucodonosor
(Dn 4:34-37) "Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia."
1. Nabucodonosor reconoce al soberano Dios del cielo
Transcurridos los siete años, Nabucodonosor recobró la razón y bendijo al Altísimo. De alguna manera, la mente del rey todavía conservaba momentos ocasionales de lucidez, y en uno de ellos "alzó sus ojos al cielo", lo que viene a ser una forma de decir que reconoció la soberanía absoluta del Dios del cielo.
A partir de ese momento Nabucodonosor experimentó un cambio asombroso. Hasta entonces, lo único que le había preocupado era buscar la honra y la gloria para sí mismo, pero a partir de aquí su prioridad era alabar y glorificar al que vive para siempre. También reconoció que el dominio de Dios es sempiterno y su reino por todas las edades. De este modo aceptaba la autoridad suprema de Dios que antes había rechazado.
Continúa explayándose hablando acerca de la superioridad de Dios frente a sus criaturas: "Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?". Es el Todopoderoso y su poder es irresistible. Nadie tiene el derecho de cuestionarle.
2. Nabucodonosor es restaurado a su reino
Una vez que el rey hubo reconocido la soberanía de Dios, le fue devuelta la razón y recuperó su reino. Esto también era un milagro, porque sin duda habría muchos que habrían aprovechado la situación para adueñarse de su trono. De hecho, según su estado de locura se prolongaba en el tiempo, nadie pensaría que volvería en sí, lo que llevaría a pensar en la necesidad de buscar un sustituto para él. Sin embargo, de manera milagrosa, nada de todo esto ocurrió.
Es más, cuando regresó a su trono, él dice que le fue añadida mayor grandeza. Con esto se confirma el principio bíblico de que Dios honra a los que le honran (1 S 2:30). Esto es una evidencia clara de que el perdón de Dios es auténtico y generoso.
3. Declaración final de Nabucodonosor acerca de Dios
Nos encontramos ahora con las últimas palabras de Nabucodonosor. Después de esto no vuelve a aparecer en las páginas de la Historia Sagrada. Ahora bien, sin saber nada más de la actitud espiritual de este rey después de este acontecimiento, lo más sensato es pensar que llegó a someterse personalmente a la autoridad de Dios y que confiaba en él. Es difícil pensar de que otro modo un rey pagano como él podía llegar a hacer una declaración como esta: "Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia".
Su forma de hablar indica que lo que aquí está expresando era algo que hacía constantemente, que tenía la costumbre de hacer. Además, notamos la reverencia, respeto, honra, admiración y adoración que siente hacia Dios. Incluso reconoce que todos sus caminos son justos, es decir, admite que cuando le humilló lo hizo con justicia. No hay quejas contra Dios por la dura experiencia por la que había tenido que atravesar. Se da cuenta de que había sido su soberbia lo que le había llevado a vivir como una bestia. No se percibe en él ningún tipo de rebeldía contra Dios, más bien, su posición es de humildad y aceptación. Todo parece indicar que llegó a ser un auténtico creyente.
A través de toda la historia de la humanidad siempre ha habido hombres y mujeres que han tratado de edificar sus pequeños imperios para su propia gloria. Esto incluye a los emperadores de todos los tiempos, pero también a los magnates de las grandes corporaciones económicas de nuestros días, o incluso a los líderes religiosos que trabajan para establecer grandes y poderosas organizaciones. El relato de la vida de este monarca nos advierte del peligro de esforzarnos por engrandecer nuestro propio nombre y no el de Dios.
Otra importante advertencia que recibimos en este pasaje tiene que ver con el pecado del orgullo. Este es el pecado básico y original de la humanidad y consiste en vivir en independencia de Dios, ocupando su lugar (Ez 28:2) (Gn 3:5). Por supuesto, quien quiera disfrutar de la salvación de Dios, primero tendrá que dejar a un lado esa actitud. Pero quien insista en gobernar su vida independientemente de Dios, tarde o temprano recibirá una clase práctica de humildad. Como dijo Nabucodonosor: "él puede humillar a los que andan con soberbia".
Como en el caso de este rey, también encontramos el orgullo humano cuando rehusamos reconocer la mano de Dios en nuestros éxitos en la vida. Nabucodonosor admiraba la belleza de sus construcciones y decía: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?". Pero esta misma actitud la encontramos en infinidad de actores de cine, atletas de élite, arquitectos famosos, escritores, directores de cine, y por qué no decirlo, en nuestro propio corazón.
Muchos gobernantes de la tierra desafían constantemente a Dios oponiéndose a su voluntad y rechazándolo abiertamente, pero llegará el día en el que todos ellos tendrán que rendir cuentas ante el Dios Todopoderoso y reconocer como Nabucodonosor, que suyo es el "dominio sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?".
martes, 5 de febrero de 2019
¿QUIÉN ES MI MADRE Y MIS HERMANOS
? - Marcos 3:31-35
(Mr 3:31-35) "Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre."
La madre y los hermanos de Jesús
En el pasaje anterior ya vimos que los suyos querían persuadir a Jesús para que dejase una obra que estaba produciendo mucha conmoción. En aquella ocasión, "los suyos", que probablemente no fueran sus familiares más directos como aquí, querían apartarlo del ministerio que estaba llevando a cabo, usando para ello la fuerza si fuera preciso: "Los suyos vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí" (Mr 3:21). En el pasaje que tenemos delante ahora, son su madre y sus hermanos quienes vienen a buscarle, y aunque su actitud parece menos agresiva, sin embargo la finalidad es la misma: "Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan".
Por otras partes de la Escritura sabemos que los hermanos de Jesús no creyeron en él durante su ministerio terrenal.
(Jn 7:5) "Porque ni aún sus hermanos creían en él"
Sin embargo, después de la resurrección de Jesús su actitud cambió radicalmente.
(Hch 1:14) "Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos."
Debemos entender que por el hecho de ser sus familiares directos no por eso se iban a convertir en sus discípulos de forma automática. Ellos, al igual que todas las demás personas, tuvieron que pasar por un proceso que les llevó a creer en Jesús y aceptarle como su Salvador. Y si bien es cierto que tuvieron el enorme privilegio de convivir directamente con el Señor, tal vez ese mismo hecho se convertía en ocasiones en un obstáculo para ellos.
Lo que estaba fuera de toda duda, es que aquella familia no era una familia corriente; la presencia del Hijo de Dios encarnado en el hogar hacía que fuera única. Y aunque no sabemos cuánto sabían sus hermanos acerca de su nacimiento sobrenatural, pero lo que sí que es seguro es que observarían grandes diferencias entre Jesús y ellos mismos que tal vez se traducirían en celos y envidias en más de una ocasión. Esto explicaría la tensión que se percibe en la conversación que Jesús mantuvo con sus hermanos cuando iban a ir a la fiesta de los tabernáculos, y que llevó a Jesús a decidir no ir con ellos (Jn 7:1-9).
Pero finalmente todo debió encajar para ellos cuando el Señor resucitó. Pablo nos dice que después de su resurrección se apareció a Jacobo (1 Co 15:7), uno de los hermanos del Señor y miembro destacado de la primera iglesia en Jerusalén (Ga 1:19). Evidentemente esto cambió radicalmente su perspectiva de Jesús y cuando años más tarde escribió la epístola de Santiago, es hermoso leer cómo se refiere a su hermano:
(Stg 2:1) "Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo...".
Y tampoco para María tuvo que ser sencillo ser la madre del Hijo de Dios encarnado. Ella aceptaba con agrado que Dios quisiera utilizarla para el desarrollo de sus planes, pero al mismo tiempo vemos que en ocasiones no entendía lo que Jesús hacía y su corazón de madre, que no quería ver sufrir a su hijo, hacía que a veces tomara decisiones equivocadas.
Por ejemplo, sentimos admiración por ella cuando consideramos la actitud que mostró cuando el ángel del Señor le anunció que el Espíritu Santo vendría sobre ella y que concebiría un hijo que sería llamado Hijo de Dios (Lc 1:26-38).
También cuando los pastores a los que se les habían aparecido los ángeles contaron a José y María todo lo que les habían dicho, ella tuvo una actitud muy sabia: (Lc 2:19) "María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".
Más tarde, cuando Jesús fue presentado en el templo y escucharon las palabras de Simeón, "José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él". Aunque fue especialmente María la que escuchó algo que le dijo el anciano Simeón en lo que tendría que pensar por mucho tiempo y que no le sería fácil aceptar: "Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2:21-35).
Cuando Jesús cumplió los doce años, se quedó en el templo mientras sus padres sin darse cuenta regresaron a Nazaret. Unos días después, cuando después de preguntar por él volvieron a Jerusalén, se sorprendieron al verlo en medio de los doctores de la ley y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia". Pero Jesús dijo algo que su madre no llegó a entender, aunque lo guardó en su corazón: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lc 2:41-52).
Y cuando llegó el momento en que ya era un hombre y comenzó su ministerio, María tuvo que adaptarse a la nueva posición que a partir de ese momento tendría que ocupar en relación a Jesús. Y esto, algunas veces le resultaba difícil. Por ejemplo, cuando Jesús y sus discípulos fueron invitados a una boda en Caná de Galilea, María parecía querer dirigir a Jesús, lo que él no permitió, y de hecho se dirigió a ella con cierta dureza: "¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido me hora" (Jn 2:1-4).
También en el pasaje que tenemos delante en Marcos, tal vez estaba ocurriendo algo parecido. Su amor de madre, preocupada por su hijo, no le permitía dejar que fuera por un camino que le iba a causar problemas.
Pero María era una mujer de fe, y aunque no siempre acertaba en su comportamiento (evidentemente no era fácil ser la madre del Señor), sin embargo meditaba las cosas y tenía un corazón sumiso. Finalmente la encontramos reunida junto a los otros discípulos después de la resurrección de Jesús.
Jesús como hijo
Pero dicho todo lo anterior, también tenemos que decir que Jesús, en tanto que niño, fue un hijo obediente, y eso que sus padres no eran perfectos como él. ¡Qué ejemplo para muchos jóvenes rebeldes!
(Lc 2:51) "Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos."
Y ni aun cuando ya fue adulto, tampoco rechazó sus deberes naturales como hijo humano. Cuando estaba muriendo en la cruz, sus últimas instrucciones fueron dirigidas a Juan para que cuidara de su madre (Jn 19:25-27).
En todo esto, Jesús fue un verdadero ejemplo de cómo debemos cumplir nuestras responsabilidades con nuestros padres.
(Ef 6:2) "Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa."
(1 Ti 5:8) "Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo."
Las prioridades del Señor
Pero a pesar de que fue un hijo humano ejemplar, nunca dejó que esto se interfiriera en el desarrollo del programa que su Padre Dios le había encomendado, dándole prioridad en todo momento. Ya hemos visto que lo dejó bien claro a la edad de doce años: "En los negocios de mi Padre me es necesario estar" (Lc 2:49).
Sólo cuando entendemos las prioridades del Señor, es que podemos comprender la actitud que Jesús manifestó en esta ocasión, porque de otra manera, habría sido una grave ofensa hacia una madre. No debemos olvidar que en la cultura del Medio Oriente, la presencia de la madre sería suficiente para que la persona dejara lo que estaba haciendo y fuera inmediatamente a atenderle. Sin embargo, la reacción del Señor fue otra. En forma casi despectiva, y con una aparente falta de respeto, pregunta: "¿Quién es mi madre y mis hermanos?" Claro, no lo hizo para molestar a su familia, sino para enseñar a sus oyentes las prioridades que el mensaje del reino de Dios conlleva.
En vez de levantarse inmediatamente para recibir a su madre y a sus hermanos, el Señor se quedó sentado, mirando a sus oyentes. Es evidente que para él, ellos eran los más importantes en ese momento, y, al parecer, no estaba dispuesto a dejarles para atender a su madre y hermanos, cuya intención él ya conocía; querían llevarle con ellos, a la fuerza, cortando así su ministerio de la Palabra.
Y cuando María y sus hermanos recibieran la contestación de Jesús, cuánto no les dolería, pero sin duda, mucho más le dolía a Jesús. ¡Cuánto hubiera deseado Jesús que María y sus hermanos estuvieran sentados con los demás escuchando la Palabra de Dios, y preocupándose por cumplir su voluntad!
La nueva familia espiritual
El Señor aprovechó este incidente para hacer una definición de la nueva familia espiritual.¿Quiénes forman esta nueva familia espiritual?
El Señor hizo esta declaración "mirando? alrededor" y viendo en sus discípulos a los hombres y mujeres, que pese a sus limitaciones, se sometían a la voluntad de Dios, en tanto que su familia se quedaba afuera. Así pues, el requisito para formar parte de su familia espiritual es hacer la voluntad de Dios.
En el pasaje paralelo de Lucas añade que los que hacen la voluntad de Dios "son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen" (Lc 8:21). Y cuando le preguntaron los judíos sobre cuál era la voluntad de Dios, Jesús les contestó: (Jn 6:29) "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado".
Podemos resumir entonces que aquellos que forman su familia espiritual son los que creen en él, escuchan su Palabra y la obedecen.
El ser humano siempre ha tenido la tendencia a idealizar los lazos carnales que unían a Jesús con su familia terrenal, en especial con su madre, pero él siempre dio prioridad a los lazos espirituales.
(Lc 11:27-28) "Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan."
En base a todo lo anterior, ¿cuál debe ser nuestra relación con la familia natural y con la espiritual?
Ya hemos visto que el Señor colocaba por encima de todo parentesco familiar la relación espiritual y por delante de todo lazo natural, los intereses de su Padre. Pero aún fue más lejos, llegando a decir que no aceptaría por discípulo a quien amara a su familia terrenal más que a él.
(Lc 14:26) "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo."
Es un hecho que el Reino de Dios establece nuevas prioridades en las relaciones de quienes quieren pertenecer a él. Los hermanos y las hermanas en el Señor están vinculados por la sangre de Cristo, la cual es un vínculo más fuerte que el que nos une en la carne.
Es evidente que con la familia carnal tenemos mucho en común: lazos sanguíneos, quizá la misma vivienda, mucho tiempo pasado juntos... pero lo que nos une con la familia de la fe es mucho más importante y permanente: la fe en un mismo Salvador, unas mismas creencias y experiencias, una esperanza común, propósitos, principios y un futuro eterno juntos.
Pero con mucha frecuencia, el hecho de que el creyente está más próximo a sus hermanos en la fe que a su familia incrédula, le crea muchas dificultades. En este pasaje vemos que el Señor mismo tuvo que pasar por la dolorosa experiencia de ser incomprendido y menospreciado por los suyos. ¡Y qué difícil tuvo que haber sido para él que su propia familia estuviera poniendo de alguna manera obstáculos a su ministerio!
Y él mismo anunció que este sería un principio general para todos los que le siguieran:
(Mt 10:36) "Los enemigos del hombre serán los de su casa."
Pero no debemos olvidar que cuando por causa del Reino de Dios perdemos ciertas relaciones familiares, el Señor las suple con otras nuevas y más abundantes.
(Mr 10:29-30) "Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna."
¡Cuántos creyentes despreciados por sus familiares cuando han decidido entregar su vida al Señor, se han hecho eco de las palabras del salmista!
(Sal 27:10) "Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá."
Pero habiendo dicho todo esto, también debemos hacer una advertencia para no caer en extremos que tampoco agradan al Señor. Tendremos que tener cuidado de no aislarnos de nuestros familiares, especialmente cuando ellos no conocen a Dios, ni tampoco usar este pasaje como pretexto para no pasar tiempo con la familia. Sólo cuando nuestros familiares procuran estorbar nuestra obediencia a Dios, es que debemos seguir el ejemplo de Cristo.
El culto a María
Estas palabras de Cristo ponen en tela de juicio el lugar desmedido que María ocupa en la devoción católica. La Biblia simplemente no sustenta la veneración que tantos dan a María. En este pasaje, el Señor no la honra ni le da un lugar especial.
María tuvo que aprender, que desde que Jesús comenzó su ministerio, a pesar de ser la mujer que llevó al Señor en su vientre, ella ya no ocupa un lugar especial en su vida, sino que tuvo que someterse a las exigencias que Cristo hace de todo ser humano. ¡Cristo no tiene favoritos o allegados a Él!
Y aunque no la deshonró como madre natural, pero sí que dijo que las relaciones espirituales toman precedencia sobre las naturales. Para el Señor era mucho más importante que María hiciera la voluntad de Dios que el hecho de que fuera su madre.
Por otro lado, el pasaje también refuta el dogma de que María fue virgen perpetuamente. Jesús tuvo hermanastros. El era el primogénito de María, pero después le nacieron otros hijos e hijas: (Mt 13:55)(Mr 6:3) (Jn 2:12) (Jn 7:3-10) (Hch 1:14) (1 Co 9:5) (Ga 1:19).
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