miércoles, 30 de enero de 2019

JESÚS SUBIÓ AL MONTE ANTE UNA GRAN DECISIÓN

- Marcos 3:13-19 (Mr 3:13-19) "Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios: a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa." El Señor forma su nuevo pueblo Debido a la oposición de los líderes religiosos de Israel, el Señor iba a establecer un cambio de estrategia que empezamos a ver ahora. Ellos se habían negado a reconocer las credenciales mesiánicas de Jesús al tiempo en que persistían en quedarse con una religión que ellos habían adaptado a sus propios intereses. Ante una situación así, el Señor sólo podía hacer una cosa: crear un nuevo pueblo espiritual a partir de ese remanente fiel que le aceptaba como el Mesías de Dios. Es en este contexto en el que debemos entender la elección de los doce apóstoles como las primeras piedras de este nuevo edificio espiritual. Veamos cómo lo hizo. 1. "Jesús subió al monte" El momento se revestía de una tremenda solemnidad, y haciendo alusión a las grandes decisiones de Dios para con su pueblo en el pasado, el Señor subió a la cima de un monte. Recordemos, por ejemplo, cuando Dios le dio la ley a Moisés en lo alto del monte Sinaí (Ex 19:20) (Ex 24:12-18). Y por otro lado, pudiera ser también que otra de las razones para llevar a cabo esta decisión en lo alto de un monte fuera para que todos vieran lo que Jesús iba a hacer y gozara así de la mayor publicidad posible. 2. "El Señor llamó a sí a los que él quiso y estableció a doce" En principio esto nos plantea algunas preguntas. ¿Por qué sólo a doce si había más para elegir como sabemos por (Hch 1:21-22)? ¿Hay alguna intencionalidad en el número "doce"? En las respuestas a estas preguntas están las claves para entender la importancia de lo que Jesús estaba haciendo. En primer lugar nos llama la atención que no dice que eligió a "doce apóstoles", sino que "estableció a doce". Es verdad que más adelante serían conocidos como "los doce apóstoles", pero aquí el énfasis recae en el número "doce", con lo que el Señor tenía la clara intención de limitar la composición de este grupo especial. No eran los veinte o los mil, sino los doce. Tampoco iba a estar formado por un número indeterminado de personas. Además, como luego veremos, esas personas nos iban a ser presentadas por sus nombres. Pero por otro lado, no puede negarse que el número doce tiene también profundas raíces en la historia de Israel. Su simbolismo sería obvio para cualquier judío. Su origen está en el número de los hijos de Jacob de los que se derivaban las doce tribus que constituían la totalidad de Israel. En Mateo y Lucas la referencia a Israel es explícita cuando Jesús promete a los Doce que se sentarán sobre (doce) tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt 19:28) (Lc 22:30). En Apocalipsis vuelve a aparecer la relación entre las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. Los apóstoles como cimientos de la nueva Jerusalén, la esposa del Cordero y los doce patriarcas como las puertas de la ciudad (Ap 21:9-14). En conclusión, podemos decir que la importancia de este pasaje radica en el hecho de que Jesús estaba formando un nuevo pueblo, y que de la misma manera que en otro tiempo lo había hecho con Israel, escogiendo a los doce patriarcas, ahora escogía a doce apóstoles para la formación de su iglesia, su nuevo pueblo espiritual. ¿Cuáles son las características de este nuevo pueblo? Si realmente estos Doce eran las primeras piedras que el Señor eligió para su nuevo edificio, podemos pensar que en alguna manera las demás deberán guardar algún parecido. ¿Cuáles eran estas características? Compartían la intimidad del Maestro. Fueron llamados a "estar permanentemente con él" (Mr 3:14). Habían creído en el reino de Dios que Jesús anunciaba (Mr 1:14-15) y habían tomado la decisión de formar parte de él. Para ello se habían arrepentido de sus pecados y habían creído en el Evangelio que él anunciaba. La renuncia a todo lo que tenían por estar a su lado era la evidencia más clara de este hecho. Eran formados por el Señor acerca de los misterios del Reino. Jesús daba una instrucción diferente para los de fuera y para los de dentro (Mr 4:10-11). Les dio una misión frente a los de afuera. Jesús instituyó Doce para enviarlos a predicar con autoridad para expulsar demonios (Mr 3:14-15). Eran servidores de Jesús. Vamos viendo cómo colaboraban con tareas materiales concretas, como procurarle una barca (Mr 3:9), un borrico (Mr 11:7), buscar y preparar la habitación para la Pascua (Mr 14:16); ayudan a Jesús a distribuir el pan (Mr 6:41) (Mr 8:6). Les dio autoridad para que hicieran lo mismo que él hacía. La Iglesia se establece sobre el fundamento apostólico Como acabamos de considerar, cualquier persona que quiera formar parte del nuevo "edificio espiritual" que el Señor había venido a formar, tendrá que compartir con los apóstoles las características mencionadas, sin embargo, también es cierto que hay otras cuestiones exclusivas para este grupo de doce que nunca más se pueden repetir y que hacen que este grupo sea único. Lo más importante es que los Doce tenían que servir de enlace entre la Persona y la Obra de Cristo y los hombres a quienes había venido a salvar. Durante su ministerio terrenal Cristo les había hablado repetidamente de la necesidad de su muerte, su resurrección y la partida de esta tierra. Era necesario, por lo tanto, designar testigos para reunir y guiar a la iglesia después de su partida física. Como parte fundamental de esta misión estaba el encargo de transmitir a las generaciones posteriores toda la verdad acerca de la Persona y la Obra de Jesús. Recordemos las últimas palabras del Señor Jesucristo a sus discípulos antes de ascender al cielo: (Mt 28:18-20) "Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén." Esta misión la llevaron a cabo fundamentalmente por medio de la predicación, pero si su testimonio había de perdurar de manera segura a lo largo de los siglos, sería necesario que fuera puesto por escrito, algo que ellos mismos se encargaron de hacer mientras todavía estaba vivos. En este sentido, es importante subrayar que todo el Nuevo Testamento descansa sobre la autoridad apostólica. Por esa razón, cuando los líderes de las iglesias de los primeros siglos se preguntaban qué libros de los muchos que en aquel entonces circulaban por las iglesias debían ser considerados como autoritativos para la Iglesia, su principal criterio de selección fue que hubieran sido escritos por los mismos apóstoles o que contaran con su autoridad. Y por supuesto, detrás de la autoridad de los apóstoles estaba la autoridad del Señor Jesucristo que los escogió para esta misión. Recordemos también que cuando el Señor Jesucristo estaba con estos doce en el aposento alto en la última noche antes de morir, les dijo que para llevar a cabo este importante encargo serían capacitados por el Espíritu Santo: (Jn 14:26) "Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho." En este sentido, ellos habían de ser el fundamento humano de la Iglesia que se edifica sobre la piedra angular de Cristo. (Ef 2:20) "Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo." (Ap 21:14) "Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero." De estos hechos deducimos que no puede haber más apóstoles en este sentido limitado en que lo eran "los Doce". La razón más evidente es que ninguna persona en la actualidad puede cumplir los requisitos que ellos cumplían. Recordemos que después de que Judas se suicidó, los apóstoles reunidos entendieron que este hecho había sido profetizado por las Escrituras del Antiguo Testamento, y también vieron allí el mandato de que debía ser sustituido por otro: "Tome otro su oficio" (Hch 1:20). Ahora bien, notemos cuáles eran los requisitos que debería cumplir aquel que fuera a ocupar el lugar de Judas con los Doce: (Hch 1:21-22) "Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección." Notemos varias cosas importantes. En primer lugar, la sustitución de Judas fue la única que había sido profetizada por el Antiguo Testamento, por esa razón, cuando los otros apóstoles empezaron a morir, no se buscó a otros sustitutos para ellos, como por ejemplo en el caso de Jacobo que encontramos en (Hch 12:2). Y en segundo lugar, una vez que pasó el primer siglo, ya no había nadie que pudiera cumplir los requisitos que cumplían los doce apóstoles; como era haber acompañado a Jesús desde el ministerio de Juan el Bautista hasta su resurrección. Por lo tanto, nadie en nuestro tiempo puede tener esa misma autoridad que el Señor Jesucristo les dio a estos doce hombres. Ni el papa de la Iglesia Católica puede ser el sucesor del apóstol Pedro, ni los doce apóstoles mormones son los sucesores de los doce apóstoles designados por el Señor Jesucristo. Pero una vez dicho esto, debemos recordar también que el término "apóstol" proviene del griego y significa "enviado". Los Doce eran apóstoles porque fueron enviados por el Señor a predicar la Palabra con su autoridad. Y en un sentido limitado, podríamos decir que cualquier cristiano en nuestros días que sea llamado por el Señor a esta labor de ir a predicar la Palabra, podría ser considerado un apóstol. En la actualidad, el término que usamos generalmente para este tipo de personas es el de "misionero". Sin embargo, alejándose de este sentido original, muchas iglesias evangélicas prefieren seguir usando el término "apóstol" con el fin de establecer una categoría superior dentro del liderazgo de la iglesia. Y si fuera cierto que algunos buscan ser reconocidos por ciertos títulos a fin de recibir mayor gloria y prestigio dentro de la iglesia de Cristo, deberían tener en cuenta las palabras del mismo Señor: (Mt 23:8-12) "Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." El llamamiento 1. "Jesús llamó a sí a los que él quiso" La obra de los Doce empieza en la voluntad soberana del Maestro, lo que le confiere una autoridad y eficacia que no podría tener de ningún otro modo. El apóstol del Nuevo Testamento es un hombre escogido, no por la comunidad, sino por Jesús mismo. Por otro lado, el llamado del Señor no fue sobre la base de algún mérito en ellos, sino por su gracia. Ninguno merecía estar entre los apóstoles. Si lo estaban, era por la misericordia de Cristo. 2. "Y vinieron a él" El llamamiento de Dios obra conjuntamente con la libre voluntad de los hombres dispuestos a escucharlo. Ellos lo eligieron sólo después de que él los eligiera a ellos. La noche en que le arrestaron, Jesús les dijo a sus discípulos: (Jn 15:16) "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros..." Una pregunta que algunos se han hecho tiene que ver con la posibilidad de que aquellos hombres pudieran haber rechazado este llamamiento. En relación a esto la teología calvinista afirma que el llamamiento divino es irresistible, y por lo tanto, ellos no podían negarse a ir a él. Pero esto no parece coincidir con lo que vemos en otras partes de la Palabra. Recordemos lo que Esteban les dijo a los judíos: (Hch 7:51) "¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros." Y lo que dijo el mismo Señor Jesucristo en su lamento sobre Jerusalén: (Lc 13:34) "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!" Cristo quería bendecir a los israelitas, del mismo modo que quiere bendecir a toda la humanidad, porque él es bueno, pero tantas y tantas veces el hombre se resiste a los planes de Dios. Notemos el asombroso contraste entre el "quise" de Cristo y el "no quisisteis" de los judíos. Y lamentablemente, lo mismo ocurre en muchas ocasiones en nuestras propias vidas. Dios nos capacita y nos llama a determinados servicios y nosotros le resistimos. No debemos olvidar que el llamamiento divino no anula nuestra responsabilidad. 3. "Para que estuvieran con él" No había nada maravilloso en los hombres mismos; fue su relación con Jesús lo que los hizo grandes. Y de igual modo podemos decir que no existe ningún servicio eficaz que podamos llevar a cabo si no surge de una relación personal con el Señor. Esta es una verdad fundamental, pero fácil de olvidar. Recordemos lo que les dijo el Señor en otra ocasión: (Jn 15:4-5) "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer." Con frecuencia olvidamos esta importante verdad y nos lanzamos a hacer una y mil cosas para el Señor en un frenético activismo. Pero nada de todo eso producirá un fruto permanente si no es el resultado de una comunión previa con el Señor. En el pasaje que estamos estudiando notamos que el Señor no los envió inmediatamente a la obra, eso no ocurrió hasta (Mr 6:7). La razón de esto es que primero quería que estuviesen cerca de Él, para aprender de Él. La misión de los doce 1. "Para enviarlos a predicar" Una vez que hubieran aprendido de Cristo llegarían a ser enviados a proclamar las riquezas del evangelio en su nombre. Los que reciben deben transformarse en dadores. Con esto se subraya el carácter misionero de la elección. Y notemos también que su labor prioritaria debería consistir en la predicación de la Palabra. Todo lo que habían aprendido de Cristo deberían enseñarlo al mundo. Con esto se relaciona el último mandamiento que el Señor les dio antes de ascender al cielo: (Mt 28:18-20) "Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén." Quizás en este momento sea imprescindible subrayar que lo que debemos predicar es la Palabra. Nuestras propias experiencias pueden resultar entretenidas y servir en ocasiones para ilustrar los principios bíblicos, pero en sí mismas no tienen el poder transformador que sólo tiene la Palabra de Dios. Una vez más debemos recordar las palabras de Cristo en su oración al Padre: (Jn 17:17) "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." 2. "Les dio autoridad" Junto con el llamamiento recibieron el poder sobrenatural que serviría para dar testimonio ante los hombres de que Dios estaba hablando por medio de ellos. (2 Co 12:12) "Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros." La autoridad que les dio era tan real que Jesús llegó a decir: (Mt 10:40) "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió." Al darles esta autoridad, el Señor estaba indicando que los estaba invitando a ser partícipes de su ministerio, como colaboradores en la tarea de proclamar el Reino. ¡Qué tremendo privilegio! La misión de los Doce es una participación en la misión de Cristo. 3. "Y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios" Como su Maestro, ellos también tenían que manifestar el carácter del Reino restaurando los pobres cuerpos de los enfermos a su estado normal de salud. Y además, como el diablo había establecido su autoridad sobre los hombres por medio del pecado, parte de su misión consistiría en echar fuera a los demonios. De este modo iban a demostrar de una forma palpable que la victoria final sobre el poder de Satanás estaba cerca. Las características del grupo Seguramente estos hombres eran bastante jóvenes. La mayoría de ellos estarían aún en sus veinte y tantos años cuando salieron en pos de Jesús. El grupo era muy heterogéneo, en él se encontraban los dos extremos: Mateo era cobrador de impuestos del odiado Imperio Romano, era un renegado y un traidor a sus compatriotas. Simón el Cananista, al que Lucas llama correctamente el Zelote, formaba parte de un grupo de nacionalistas ardientes y violentos que se comprometían hasta a cometer crímenes y asesinatos para librar a su país del yugo extranjero. Eran galileos. Una región a la que los judíos de Jerusalén miraban con bastante desprecio. Eran gente corriente. Sus actividades se desarrollaban en el mundo cotidiano. Tenían los problemas de la gente común. Eran hombres sin ventaja social alguna. No eran ricos, ni tenían posición social especial. No tenían una cultura elevada. No tenían una preparación teológica especial ni una posición elevada en el judaísmo. En ocasiones mostraron sus muchas debilidades y torpezas. Es que Jesús nunca ve lo que un hombre es, sino lo que puede llegar a ser. Tenían caracteres muy diferentes. Jacobo y Juan, los hijos del trueno. Pedro era el tipo de persona que primero actuaba y luego pensaba. Sus vidas y ministerios fueron muy diferentes. Jacobo sirvió muy poco tiempo, y fue el primer apóstol en llegar al cielo; Juan sirvió largos años, y fue el último en partir a la presencia del Señor. Tenían algo especial: Amaban a Jesús. Habían decidido que Jesús era su Maestro. Querían seguir a Jesús a pesar del conflicto con los líderes religiosos. La lista de los Doce Con ligeras variaciones, esta lista de los nombres de los apóstoles es igual a la de (Mt 10:2-4) (Lc 6:14-16) (Hch 1:13). Parece que los nombres se presentan en grupos de tres, formando los tres primeros un círculo íntimo que acompañaron al Señor en algunas ocasiones que los otros no. El caso de Judas constituye un enigma. ¿Qué sabemos de estos hombres? Andrés: Fue el hermano de Pedro y quien lo llevó a los pies del Señor (Jn 1:41-42). Su nombre es griego; viene de la palabra, "aner", que significa "hombre". Felipe: Otro de los primeros seguidores de Cristo (Jn 1:43). También era de Betsaida, la ciudad de Pedro y Andrés. Fue la persona que trajo a Natanael al Señor (Jn 1:45). Su nombre es griego, y significa "amante de caballos". Bartolomé: Otro nombre para Natanel (Jn 1:45), quien era de Caná de Galilea (Jn 21:2). Tomás: También conocido como "Dídimo" (Jn 11:16). Ambos nombres significan, "mellizo"; el primero en arameo, el segundo en griego. Este fue el discípulo que expresó dudas acerca de la resurrección de Cristo. Jacobo hijo de Alfeo: Conocido como "Jacobo el Menor" (Mr 15:40), quizá por haber sido menor en edad que el otro Jacobo (otros sugieren, que era de menor estatura). Aunque Mateo (Levi) también era "hijo de Alfeo" (Mr 2:14), no parece haber sido hermano de este Jacobo. Tadeo: En (Lc 6:16), es llamado "Judas hermano de Jacobo". "Tadeo" podría haber sido su apellido. Simón el cananista: La palabra "cananista" no debe ser confundida con "Cananeo" (un habitante de Canaan). El término proviene de la palabra hebrea, "kana", que significa "celoso" o "fanático". Los Zelotes eran "celosos" o "fanáticos" por la ley de Dios, y se atribuyeron el derecho de castigar a las personas que infringían la ley. Posteriormente, este grupo ofreció tremenda resistencia a los romanos. No sabemos nada más de este personaje. Es el único discípulo del cual no leemos nada fuera de la lista de los doce apóstoles. Judas: El nombre, "Iscariote", significa "el hombre de Keriot", que era un pueblo en Judá. Una pregunta importante es, ¿qué llevó a un hombre escogido por Cristo y dotado con autoridad espiritual a traicionar al Señor? Probablemente fueron los sueños frustrados de querer socavar el poder de los romanos. Posiblemente influyó también su avaricia. ¿Por qué, entonces, escogió el Señor a Judas? La razón principal es porque esa era la voluntad del Padre. Dios deseaba lo mejor para Judas, pero él rechazó sus propósitos. Lo cierto es que de este modo cumplió la Escritura (Hch 1:16-19). Algunos afirman que al escoger a Judas, el Señor nos estaba enseñando también que siempre habrá falsos maestros, ocupando puestos en la iglesia. "Y vinieron a casa" Jesús con sus apóstoles se retiraron a la casa. Así comenzaban a estarle más estrechamente unidos y mejor agrupados entre sí, dando evidencia de la efectividad de su llamamiento. Enlaza con los siguientes acontecimientos. Al llamar estas personas a su lado, el Señor se estaba distanciando de su propia familia (Mr 3:20-21) (Mr 3:31-35). Es asombroso que el Señor Jesucristo escogiera a un grupo de hombres tan comunes, llenos de debilidades y de aristas, con poca educación, plagados de celos y envidias para que fuesen sus representantes en la tierra. Pero ciertamente, el Señor no los escogió por lo que ellos eran en el momento de ser llamados, sino por lo que iban a ser después. La vida de cada uno de aquellos hombres, con la excepción de Judas, demuestra lo que la gracia de Dios puede hacer con hombres ordinarios. Los mismos dirigentes de Israel lo reconocieron al ver "el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús" (Hch 4:13). Aquellos hombres fueron transformados por el poder del Mesías. Sus pecados fueron perdonados y sus vidas llenas del Espíritu Santo para que proclamasen el mensaje del Reino primero a la nación de Israel y luego al resto del mundo.

jueves, 24 de enero de 2019

ORAR AL DIOS DEL CIELO

– Daniel 6:1-28 "Pareció bien a Darío constituir sobre el reino ciento veinte sátrapas, que gobernasen en todo el reino. Y sobre ellos tres gobernadores, de los cuales Daniel era uno, a quienes estos sátrapas diesen cuenta, para que el rey no fuese perjudicado. Pero Daniel mismo era superior a estos sátrapas y gobernadores, porque había en él un espíritu superior; y el rey pensó en ponerlo sobre todo el reino." El capítulo 6 comienza en el mismo lugar donde terminó el capítulo 5. Darío acababa de ascender al trono de Babilonia después de haberla conquistado para el imperio medo persa. Esto ocurrió en el año 539 a.C. Una de las primeras responsabilidades que Darío tenía por delante era organizar el gobierno de Babilonia. Para ello nombró a ciento veinte sátrapas y estableció tres gobernadores, de los cuales Daniel era uno. Los sátrapas debían rendir cuentas a los tres gobernadores. De este modo Darío delegó en ellos los asuntos administrativos. Recordemos que por aquel entonces Daniel ya no era el joven que se nos presenta en algunos de los dibujos que intentan representar las escenas de este episodio, sino que sería un anciano de unos ochenta y cinco años. De algún modo, Darío llegó a tener conocimiento de la dilatada experiencia de este anciano en el ejercicio del gobierno de Babilonia, de cómo había servido durante varias décadas a las órdenes de Nabucodonosor, y del don que el Dios del cielo le había dado para interpretar sueños. Darío se convenció de que un hombre de esa experiencia y fidelidad demostradas era idóneo para supervisar la labor de todos los sátrapas e incluso de los otros dos gobernadores. De este modo Daniel pudo seguir dando testimonio del Dios del cielo también en los comienzos del imperio medo persa. Complot de los líderes contra Daniel (Dn 6:4-9) "Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él. Entonces dijeron aquellos hombres: No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios. Entonces estos gobernadores y sátrapas se juntaron delante del rey, y le dijeron así: ¡Rey Darío, para siempre vive! Todos los gobernadores del reino, magistrados, sátrapas, príncipes y capitanes han acordado por consejo que promulgues un edicto real y lo confirmes, que cualquiera que en el espacio de treinta días demande petición de cualquier dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones. Ahora, oh rey, confirma el edicto y fírmalo, para que no pueda ser revocado, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada. Firmó, pues, el rey Darío el edicto y la prohibición." 1. Los gobernadores y sátrapas envidian a Daniel Dios había vuelto a exaltar a Daniel en el nuevo gobierno medo persa, pero esto mismo llegó a causarle muchos problemas con los otros gobernadores y administradores. ¿Qué era lo que tanto les molestaba de Daniel que estudiaban su vida a fin de poderle acusar ante Darío? Nos imaginamos varias razones: Habían estado observando con atención a Daniel y se habían dado cuenta de que era un hombre completamente fiel e íntegro en su trabajo. Esto les impediría llevar a cabo asuntos ilegales o corruptos, algo que suele ser frecuente en todos los gobiernos. Aunque habían pasado muchos años desde que había llegado a Babilonia, Daniel nunca había renunciado a su origen judío, y seguramente sus adversarios no aceptaban que un extranjero hubiera llegado a ocupar una posición superior a la de ellos mismos. En muchas ocasiones los creyentes observamos que las personas del mundo nos tratan mal no por lo que hacemos, sino sencillamente por nuestra fe. Y en el caso de Daniel estaba claro que él se distinguía claramente de ellos porque no practicaba su politeísmo ni confiaba en sus divinidades de oro y plata. Pero sobre todo, lo que les movía era la envidia y los celos. Cuando una persona destaca en la sociedad, la política, los estudios o los negocios, inmediatamente surgen los celos de los demás. Nadie está libre de la envidia. ¡Cuánto nos cuesta alegrarnos cuando vemos que alguien prospera más que nosotros! Recordemos algunas de las cosas que la Biblia nos enseña sobre la envidia: En (Pr 27:4) se nos dice: "Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?". En (Pr 14:30) se nos advierte que "la envidia es carcoma de los huesos". Los hermanos de José le vendieron como esclavo por envidia (Hch 7:9), y los judíos entregaron a Jesús a la muerte por la misma razón (Mt 27:18). La crítica es con frecuencia un síntoma de la envidia. 2. Los enemigos de Daniel examinan su vida buscando alguna falta en él para acusarle Los gobernadores y sátrapas estaban llenos de celos amargos contra Daniel y maliciosamente idearon la manera de arruinar su carrera. Sin embargo, cuando se propusieron encontrar alguna falta en él, a pesar de que lo estudiaron minuciosamente, no lo consiguieron. Daniel era un hombre incorruptible, fiel y diligente en el desarrollo de todas sus responsabilidades. ¡Qué habría sido de cada uno de ellos si se hubiera llevado a cabo la misma investigación exhaustiva sobre sus vidas! Daniel debe ser un ejemplo para todos los creyentes. Como dijo el apóstol Pablo: (Fil 2:15) "que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo." En el caso de Daniel sus enemigos llegaron a la conclusión de que no podrían acusarle por nada relacionado con su trabajo, así que pensaron en buscar algo sobre su religión. Y dicho sea de paso, era evidente que todos ellos conocían las creencias y prácticas de Daniel. No era alguien que se ocultara o avergonzara de su fe en el Dios del cielo. Pero cuando los gobernadores y sátrapas buscaron alguna falta en su vida espiritual, tampoco la encontraron, y además, se dieron cuenta de que eso no sería algo a lo que Darío daría importancia. Finalmente llegaron a la conclusión de que necesitaban crear una situación en la que Daniel tuviera que elegir entre la fidelidad al rey y a su Dios. Sus enemigos le conocían lo suficiente para saber de antemano la posición que adoptaría Daniel en un caso así. Sabían que para Daniel Dios estaba antes que cualquier otra cosa y de ninguna manera haría nada para desagradarle. 3. El plan de los enemigos de Daniel Todos los gobernadores del reino, magistrados, sátrapas, príncipes y capitanes acordaron pedir al rey que promulgara un edicto real para que cualquiera que en el espacio de treinta días demandare petición de cualquier dios u hombre aparte del rey fuera echado en el foso de los leones. Sin lugar a dudas Daniel se encontraba en una gran desventaja numérica. Parece que todos los demás líderes estaban en contra de él. En cuanto a la propuesta que presentaron a Darío, hay que decir que no estaban siendo honestos. Ellos dijeron que "todos los gobernadores del reino" suscribían esa petición, cuando lo cierto es que Daniel nunca fue consultado, y por supuesto, nunca habría estado de acuerdo en algo así. Por otro lado, aquellos hombres se dieron cuenta de que no era posible encontrar una debilidad en Daniel por la que le pudieran atacar, pero conocían perfectamente las del rey. Con una maestría asombrosa presentaron su petición a Darío apelando a su vanidad. El rey debería haber sabido que la adulación atonta los sentidos y nos deja indefensos ante el engaño. Pero él se sintió tan honrado con la propuesta de sus súbditos que no fue capaz de negarse a ello. La idea de que durante un mes todas las personas le iban a tratar como un dios le resultó irresistible. El impío programa basado en la vanidad personal del rey fue aprobado. El complot estaba en marcha. Darío se sentía plenamente satisfecho pensando en la alta estima en la que le tenían sus gobernadores y sátrapas, así que firmó un edicto real que no podría ser abrogado conforme a las leyes de Media y de Persia (Est 8:8). Y el castigo para el caso de aquel que dirigiera una oración a cualquier dios durante los siguientes treinta días consistiría en ser echado en el foso de los leones. De este modo, todo el pueblo de Babilonia estaba obligado a reconocer públicamente su total dependencia del rey. Como decimos, Darío cayó en la tentación cegado por su propia vanidad. En ningún momento pensó en las consecuencias de su decisión. En primer lugar estaba usurpando el lugar del verdadero Dios, pero por otro, ¿cómo podría un simple hombre atender a las necesidades de todo un pueblo durante treinta días? ¿Acaso no se daba cuenta de sus propias limitaciones? Y por supuesto, tampoco tuvo en cuenta a Daniel, que sería el principal perjudicado por esta trama perversa de sus enemigos. La oración pública de Daniel (Dn 6:10-11) "Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios." ¿Qué hizo Daniel una vez que conoció el edicto que había sido firmado por el rey? Pues siguió haciendo lo que llevaba años haciendo: orar al Dios del cielo. Él no iba a retroceder, no se iba a esconder, ni tampoco iba a actuar de manera cobarde o disimulada. No iba a permitir que las circunstancias determinaran sus convicciones. En ese sentido Daniel era inflexible y no le importaban las consecuencias que sus actos pudieran tener para él si con ello agradaba a su Dios. Y no era que no conociera a lo que se enfrentaba. Sus acciones no eran fruto de una virtud ingenua que era incapaz de anticipar la gravedad de lo que le ocurriría si no obedecía el edicto real. Era un hombre suficientemente inteligente y experimentado para saberlo. Y por eso mismo su coraje es extraordinario. Así pues, el anciano profeta continuó con su vida de oración con toda normalidad. Si alguien le podía entender y sacar de aquel problema era Dios. Esa fue su primera y única opción. No recurrió a sus colegas o al rey, porque ya sabía lo que daban de sí las estrategias políticas. Eso no habría servido para nada. En lugar de eso entró en su habitación y buscó la presencia de Dios. Notamos que oraba en dirección a Jerusalén. Esto tenía que ver con lo que Salomón había dicho en su oración de inauguración del templo, cuando pidió a Dios que escuchara las oraciones de su pueblo en el cautiverio (1 R 8:47-49). Este gesto sugería la esperanza de los exiliados de que un día regresarían a su tierra y de que el templo sería restaurado. Otro detalle interesante es que Daniel "daba gracias delante de Dios". ¿Por qué podía dar gracias si era un cautivo en un país extranjero? Pero es que él no se consideraba una víctima de las circunstancias, sino que se sentía en libertad en la presencia del Dios que siempre había estado a su lado desde su juventud. Además, daba gracias porque reconocía las bondades de Dios en su vida. Y seguramente también, porque sabía que los perversos planes de los hombres contra los siervos de Dios no pueden prosperar sin el permiso divino, aunque hayan sido firmados por el más importante gobernante de este mundo. También rogaba en oración en presencia de Dios. Sin duda, con tantas responsabilidades de gobierno como tenía, era lógico que buscara sabiduría y fortaleza en Dios para tomar buenas decisiones. A quien no acudiría a presentar sus oraciones sería a Darío. Él sabía que sólo Dios puede proveer a nuestras peticiones. Pero sobre todo, lo que más nos llama la atención, no es que Daniel orara en este momento, sino que oraba constantemente, tres veces al día. La práctica de la oración estaba perfectamente integrada en su vida, como el respirar, comer o dormir. Ahora bien, todos sabemos que es fácil orar en medio de los problemas, cuando surgen emergencias o pasamos por pruebas, pero otro asunto muy diferente es orar con constancia cada día. Si Daniel ha de ser considerado como un héroe, no debería ser porque después de conocer el edicto del rey oró tres veces al día con las ventanas abiertas cuando todos le podían ver, sino porque durante su larga vida había hecho lo mismo sin que nadie le observara. Daniel es denunciado por sus enemigos y condenado (Dn 6:12-18) "Fueron luego ante el rey y le hablaron del edicto real: ¿No has confirmado edicto que cualquiera que en el espacio de treinta días pida a cualquier dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones? Respondió el rey diciendo: Verdad es, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada. Entonces respondieron y dijeron delante del rey: Daniel, que es de los hijos de los cautivos de Judá, no te respeta a ti, oh rey, ni acata el edicto que confirmaste, sino que tres veces al día hace su petición. Cuando el rey oyó el asunto, le pesó en gran manera, y resolvió librar a Daniel; y hasta la puesta del sol trabajó para librarle. Pero aquellos hombres rodearon al rey y le dijeron: Sepas, oh rey, que es ley de Media y de Persia que ningún edicto u ordenanza que el rey confirme puede ser abrogado. Entonces el rey mandó, y trajeron a Daniel, y le echaron en el foso de los leones. Y el rey dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre. Y fue traída una piedra y puesta sobre la puerta del foso, la cual selló el rey con su anillo y con el anillo de sus príncipes, para que el acuerdo acerca de Daniel no se alterase. Luego el rey se fue a su palacio, y se acostó ayuno; ni instrumentos de música fueron traídos delante de él, y se le fue el sueño." Sus enemigos políticos no tuvieron dificultades para encontrar a Daniel orando a Dios, así que sin ninguna demora lo acusaron delante del rey. Darío debió quedar muy sorprendido por este hecho, y seguramente fue entonces cuando se dio cuenta de cómo había sido utilizado por ellos. A aquellos hombres no les importaba ni la honra del rey ni el cumplimiento de la ley; su único objetivo era destruir al profeta de Dios. Darío pudo ver entonces la falsedad de sus corazones, pero ya era demasiado tarde, el edicto había sido firmado y no se podía revocar. Notemos lo que sus enemigos dijeron de Daniel ante el rey: "Daniel, que es de los hijos de los cautivos de Judá, no te respeta a ti, oh rey, ni acata el edicto que confirmaste, sino que tres veces al día hace su petición". Aparte de informarle de que Daniel no obedecía el edicto real, también enfatizaron que era "uno de los deportados de Judá". Esto último pudiera sugerir ciertos prejuicios raciales y religiosos, como si quisieran recordar que Daniel era un extranjero, alguien que no era "de los nuestros", una persona poco fiable. Este tipo de argumentos sigue funcionando muy bien también en nuestros días. Pero sea como fuere, ese era un hecho que no se podía negar; Daniel no había perdido su identidad judía en sus más de setenta años en Babilonia, y eso que como consideramos en el capítulo 1, Nabucodonosor había llevado a cabo con él y sus amigos un intenso programa de despersonalización. Ahora los adversarios políticos de Daniel se sienten satisfechos de que su estrategia había funcionado perfectamente. Hasta el mismo rey había quedado atrapado en su trampa. Por supuesto, a Darío le tuvo que molestar mucho el tono triunfal con el que se dirigían a él una vez que lo tuvieron en sus manos. Seguramente este hecho sirvió para que aumentara la simpatía del rey hacia Daniel, a quien a partir de este momento buscó desesperadamente cómo librar. Pero todos los demás gobernadores y sátrapas se lo impidieron argumentando que un edicto real no podía ser revocado. Hasta el mismo Darío había quedado acorralado por sus propios súbditos. Al rey "le pesó en gran manera" lo que había hecho. Estaba arrepentido de haber autorizado un edicto como ese movido únicamente por su vanidad. Pero ya no había solución. Daniel fue sentenciado y echado al foso de los leones, aunque el rey estaba plenamente convencido de su inocencia. El foso en el que fue echado Daniel estaría cavado en tierra con la suficiente profundidad para que los leones no pudieran saltar y salir de él. Suponemos que también tendría un muro de poca altura alrededor del borde como protección. Disponía también de una abertura sobre la que fue puesta una piedra que a su vez fue sellada con el anillo del rey. ¡Qué triste resulta imaginar a Daniel, un hombre venerable y justo, ser llevado como el más vil de los malhechores para ser devorado por las bestias sólo por orar a su Dios. La primera cosa que nos sorprende de su ejecución es que una caída desde esa altura no matara a un hombre anciano como Daniel. Pero aún fue mucho más extraordinario que aquellos hambrientos leones no devoraran al profeta. Y si todo esto no fuera suficientemente asombroso, todavía tenemos que escuchar lo que el rey le dijo a Daniel cuando iba a ser echado en el foso: "El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre". Pensemos bien en esto. Por un lado es sorprendente el interés de Darío por Daniel. No hay duda de que había quedado fuertemente impactado por su carácter y la fe que tenía en su Dios. Hasta un rey pagano como él podía ver la diferencia entre el Dios de Daniel y los otros dioses. Pero lo que más nos llama la atención es que el mismo rey le diga al profeta que ore a su Dios para que le libre, cuando unos días antes había firmado un decreto prohibiendo hacer tal cosa. Estaba aceptando con toda claridad que él mismo estaba completamente incapacitado para atender las peticiones de sus súbditos. Aunque Darío era un rey pagano, todavía había algo de sensibilidad en su corazón que le permitía distinguir entre la justicia y la injusticia, y en esos momentos él no tenía ninguna duda de que lo que acababa de hacer con Daniel era una terrible injusticia. Así que se fue a su palacio y no pudo dormir aquella noche. Suponemos que también estaría rabioso por haberse dejado manipular de esa manera por sus súbditos. Tan triste estaba que ayunó y no quiso que le trajeran instrumentos de fiesta. La liberación de Daniel y condenación de sus enemigos (Dn 6:19-24) "El rey, pues, se levantó muy de mañana, y fue apresuradamente al foso de los leones. Y acercándose al foso llamó a voces a Daniel con voz triste, y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones? Entonces Daniel respondió al rey: Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo. Entonces se alegró el rey en gran manera a causa de él, y mandó sacar a Daniel del foso; y fue Daniel sacado del foso, y ninguna lesión se halló en él, porque había confiado en su Dios. Y dio orden el rey, y fueron traídos aquellos hombres que habían acusado a Daniel, y fueron echados en el foso de los leones ellos, sus hijos y sus mujeres; y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos y quebraron todos sus huesos." Después de una noche de insomnio, el rey se levantó muy de mañana y fue al foso de los leones. Este detalle es curioso, porque lo lógico sería que aquellos leones hambrientos hubieran devorado a Daniel, pero parece que el rey conservaba la esperanza de que hubiera sido protegido por el Dios a quien servía. Es decir, esperaba y deseaba un milagro. Pronto descubrió que el Dios al que servía Daniel sí que le había podido librar. Este fue un poderoso testimonio a un rey pagano sobre la fidelidad y el poder de Dios. Una vez más en este libro, Dios había demostrado que él cuida de aquellos que confían en él. Desde el fondo del foso Daniel respondió al rey: "Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo". En Daniel no hay palabras de reproche, ni de amargura o venganza. Todo lo contrario, el profeta parecía contento. Al fin y al cabo, había pasado la noche con el "ángel del Señor", que como ya comentamos en el capítulo 3, podría haber sido Cristo preencarnado. Daniel fue salvado por su fe, según explica (He 11:33). Los hombres le habían condenado, pero Dios no, así que le libró de los leones. Hasta el mismo rey se llenó de gozo al ver a Daniel sin ningún daño, lo que demuestra la alta estima en que el rey lo tenía. Inmediatamente mandó sacarlo del foso y examinarlo. Como hemos dicho, Daniel no buscaba venganza, pero Darío no estaba dispuesto a dejar el asunto así, por eso "dio orden y fueron traídos aquellos hombres que habían acusado a Daniel, y fueron echados en el foso de los leones ellos, sus hijos y sus mujeres; y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos y quebraron todos sus huesos". Suponemos que no fueron ejecutados los ciento veinte sátrapas, sino sólo aquellos que habían promovido aquella conspiración. Ellos recibieron el mismo castigo que habían ideado para Daniel. Y por supuesto, aquellos leones hambrientos no tardaron en apoderarse de ellos. Lo que evidencia que el hecho de que no se hubieran comido antes a Daniel no era por falta de hambre, sino porque una fuerza superior se lo había impedido. Darío reconoce al Dios de Daniel (Dn 6:25-28) "Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones. Y este Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el persa." No cabe duda de que Darío quedó profundamente impresionado por el Dios de Daniel. Él no tenía ninguna duda sobre el milagro ocurrido. Y por eso notamos un cambio asombroso en él: aquel que antes había exigido ser tratado como un dios, ahora promulga un nuevo edicto para que todos los súbditos de su reino teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel. Esto nos recuerda a los edictos anteriores de Nabucodonosor (Dn 3:29) (Dn 4:1). Aunque quizás no implique una fe personal por parte de Dario, sí que manifiesta una impresión abrumadora ante el poder del Dios de Daniel. Notemos que da testimonio de que el Dios de Daniel es el Dios viviente y eterno, que salva, libra y hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. Un Dios así en verdad merece ser reverenciado y adorado. Daniel tenía buenas razones para estar satisfecho. Por un lado había sido librado de los leones, pero sobre todo, porque Dios había vuelto a ser exaltado por su testimonio fiel. ¿Puede haber algo que produzca en el creyente más gozo que esto? Finalmente "Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el persa". A pesar de la oposición de los gobernadores y sátrapas, Daniel fue prosperado los años que vivió durante los reinados de Darío y Ciro. Conclusiones y reflexiones En cada uno de los seis primeros capítulos de su libro, Daniel ha presentado diferentes ejemplos históricos de la soberanía de Dios. Ha dejado claro que detrás de los hombres siempre está Dios controlando toda la política internacional. Con estas demostraciones Daniel quería animar al pueblo de Dios que se encontraba en medio de circunstancias adversas para que vivieran confiados en él. Y nosotros también, cuando nos lleguen las horas oscuras y difíciles en las que no comprendemos lo que Dios hace, debemos volver a recordar estas lecciones históricas expuestas en el libro de Daniel. Podemos confiar en Dios en cualquier situación. Ahora bien, esto no quiere decir que por confiar en Dios todo nos va a ir siempre bien. Como hemos visto, el malo muchas veces triunfa sobre el justo. Pero el libro de Daniel nos recuerda una y otra vez que su triunfo es corto y acaba en ruina, mientras que la victoria final y total es de Dios, y que los fieles triunfarán juntamente con él. Lo que realmente nos debe preocupar es vivir santamente como lo hizo Daniel. Aunque él se movió siempre en medio de la inmoralidad y la idolatría, nunca participó en estas cosas. Por el contrario, siempre mantuvo un estilo de vida íntegro y santo. Fue de este modo cómo logró dejar un impacto permanente en los grandes reyes de su época y en la historia de la humanidad. Con frecuencia estamos más preocupados en ser librados de las pruebas y el sufrimiento en lugar de pensar en qué tipo de testimonio están recibiendo de nosotros los que nos rodean. Seguramente el fiel testimonio de Daniel tuvo una importante influencia sobre Ciro a la hora de redactar el edicto que permitía y promovía el regreso del pueblo judío a su país y la reedificación del templo (Esd 1:1-4) (2 Cr 36:22-23). Un prototipo de Cristo La historia de Daniel presenta muchas similitudes con la historia de nuestro Señor Jesucristo. Veamos algunas de ellas: En ambos casos sus acusadores no pudieron encontrar faltas en ellos (Jn 8:46). La razón por la que los entregaron fue la envidia (Mt 27:18). En ambos casos los acusadores fingieron una falsa obediencia y devoción hacia la autoridad real (Jn 19:15). Tanto Darío con Daniel, como Pilato con Jesús, ambos gobernantes quisieron librarles (Lc 23:20). Tanto el foso de los leones como la tumba de Jesús fueron cerradas con una piedra que a su vez fue sellada por el poder imperial (Mt 27:66). En ambos casos salieron ilesos de la muerte porque ante Dios fueron encontrados inocentes (Hch 2:22-24). Aquellos que habían entregado a Daniel murieron después, igual que Judas, el que entregó a Jesús (Hch 1:16-19). Después de esta experiencia de muerte y resurrección, ambos recibieron mayor gloria que antes (Hch 2:36).

sábado, 19 de enero de 2019

DIOS AMÓ AL MUNDO

(Jn 3:16-21) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios." En una parte de las Escrituras observamos que Jesús mantuvo con Nicodemo, un principal entre los judíos. Al terminar vimos que el Señor le dijo que era necesario que el Hijo del Hombre muriera en la cruz para que de esa manera los hombres pudieran nacer de nuevo. Ahora comenzamos preguntándonos por qué razón querría el Hijo del Hombre ser colgado en un madero de la misma manera en que lo fue la serpiente en la antigüedad (Jn 3:14). Y a lo largo de los próximos versículos se nos revela que esta iniciativa surgió de Dios como resultado de su amor por este mundo. Esto queda hermosamente resumido en el versículo 16, que con toda razón ha llegado a ser el más famoso de todas las Escrituras y es conocido como "el evangelio en miniatura". (Jn 3:16) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." "Porque de tal manera amó Dios al mundo" Debemos observar cuidadosamente cada una de las expresiones que encontramos en este versículo, porque todas ellas contienen detalles de gran valor. Por ejemplo, cuando dice que "de tal manera amó Dios al mundo" debemos apreciar el énfasis que el evangelista hace en la grandeza y la clase de este amor. Él no puede ocultar su asombro cuando se va acercando a considerar el amor de Dios hacia este mundo hostil. Su admiración es similar a la que expresa en su primera carta cuando dice: (1 Jn 3:1) "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios..." Somos exhortados a considerar el grado tan infinito y la forma tan gloriosa en la que Dios nos ha amado. Esto nos ha de llevar necesariamente a adorarle con todo nuestro corazón. Y también a recordar que si en alguna pobre medida nosotros amamos a Dios, debemos reconocer que esto se debe a que él nos amó a nosotros primero. Nunca olvidemos que es su amor el que hace posible el nuestro. (1 Jn 4:10) "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados." Otro detalle que debemos notar es que el objeto del amor de Dios fue el "mundo". Esto subraya la grandeza de este amor, que es capaz de abrazar al mundo entero, es decir, a la totalidad de la raza humana. No hay persona que quede fuera del alcance del amor de Dios por más bajo que haya caído. Es cierto que somos indignos de un amor así, pero Dios abre la puerta de la salvación a todos los hombres por igual. Este amor no hace distinción de personas; "porque no hay acepción de personas para con Dios" (Ro 2:11). Toda la humanidad sin distinción está incluida en este amor. Por ejemplo Nicodemo no estaba más cerca por ser judío, ni los samaritanos o gentiles estaban más lejos por causa del pueblo al que pertenecían. Este amor de Dios ha derribado la pared de separación entre judíos y gentiles, de modo que todo el mundo tiene acceso por igual. Por esta razón no podemos estar de acuerdo con algunos teólogos evangélicos que afirman que Dios sólo amó a un grupo de elegidos. La Biblia afirma que Dios amó "al mundo" y entregó a su Hijo para que todos los hombres pudieran ser salvos (2 Co 5:19) (1 Ti 2:3-4) (1 Jn 2:2). Desgraciadamente, no todos se benefician de su muerte, sino sólo los que creen en él, pero potencialmente hay poder en él para la salvación de todos los hombres. Tampoco podemos aceptar la teología católica que le atribuye a María un amor más tierno que el del mismo Hijo de Dios, llegando al punto de afirmar que es por sus súplicas y por la intercesión que ella realiza en virtud de su maternidad, que el Hijo y el Padre son movidos a compasión. Creemos que todo esto es un grave error, puesto que tal como estamos viendo en este pasaje, es de Dios de donde surge este amor hacia la humanidad perdida. No debemos olvidar que María era también una mujer pecadora, como el resto de la humanidad caída, y que necesitó del amor y la gracia de Dios para su salvación, algo que ella misma no tuvo ningún inconveniente en reconocer y que por supuesto agradeció (Lc 1:46-48). "Que ha dado a su Hijo unigénito" El amor sólo puede ser conocido en base a las acciones que produce. El amor que sólo consiste en palabras, no es verdadero amor (1 Jn 3:18). Pero aquí vemos que "Dios amó" y "Dios dio". La grandeza del amor de Dios se puede apreciar en que ha entregado lo más valioso que tenía, a su propio Hijo unigénito. El término "unigénito" subraya el carácter único de la relación eterna del Hijo con el Padre. Observemos que siempre que la Palabra habla de la relación entre el Padre y el Hijo lo hace en los mismos términos: (Col 1:13) "Su amado Hijo", (Ro 8:32) "Su propio Hijo", (2 P 1:17) "Mi Hijo amado en el cual tengo complacencia", (Mt 12:18) "Mi Amado, en quien se agrada mi alma", y aquí en (Jn 3:16) "Su Hijo Unigénito". Dios solamente tenía un Hijo que llevara su perfecta semejanza, y fue precisamente a este Hijo unigénito con quien desde la eternidad mantenía una relación de amor y solaz a quien entregó por los pecadores. El Padre nos entregó lo que más quería, a su propio Hijo. Sin duda no puede existir un don más grande. Abraham entendió bien lo que este amor significaba cuando Dios le pidió que sacrificara a Isaac, su único hijo: (Gn 22:2) "Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré." Debemos notar también que la salvación y la liberación de la condenación era algo que sólo el unigénito Hijo de Dios podía llevar a cabo. Esta es la razón por la que no servía el hijo de Abraham y por lo que se le ordenó detenerse. Fue necesario que Dios mismo viniera a morir por los pecadores, ninguna otra vida tendría el valor suficiente para redimirnos de la muerte eterna. Así que Dios mismo se implicó personalmente en nuestra salvación. Y por supuesto, no había dos voluntades diferentes; por un lado la del Padre y por otra la del Hijo. Como el apóstol Pablo también escribió, el Padre "no escatimó ni a su propio Hijo, sino que entregó por todos nosotros" (Ro 8:32), pero por otro lado, "Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros" (Ef 5:2). Queda fuera de toda duda que se trata de un amor genuino porque sólo le impulsaba el interés hacia los otros, sin ningún pensamiento para sí mismo. Es un amor dispuesto a entregarlo todo por el bien de la persona amada, sin calcular el precio de lo que se entrega. Y por último, Dios entregó a su Hijo amado para salvar a sus enemigos, aquellos hijos desobedientes que habíamos abandonado el hogar paterno en rebeldía y que con toda justicia merecíamos el castigo eterno. Por supuesto ningún hombre en esta tierra haría algo parecido por aquellos que le odian, pero Dios es diferente a todos nosotros. (Ro 5:7-8) "Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros." Todo esto nos debe llevar a reflexionar sobre la gravedad del pecado de los hombres. Tanto es así que Dios tuvo que dar a su propio Hijo para salvarnos. "Para que todo aquel que en él cree no se pierda" El amor de Dios también se puede apreciar en la grandeza de su propósito: que ningún hombre se pierda eternamente, sino que tenga vida eterna. Aunque el amor de Dios es tan inmensamente grande, no servirá de nada a aquellos que no creen en él. Esta verdad se subraya por tres veces en estos versículos: (Jn 3:15, 16, 18). No debemos olvidar que esta corriente de vida no fluye automáticamente, sino que se pone a la disposición de todo aquel que cree, dejando todo esfuerzo propio, sin pretender mérito alguno, para descansar como un niño en el Hijo. La única condición que Dios pone es la fe. Esto está suficientemente claro y explícito. Sin embargo, mucha gente no lo quiere tener en cuenta e insiste en añadir sus "buenas obras" y méritos personales. Pero todo esto no sirve de nada. Es un hecho que no merecemos la salvación, sino que se nos ofrece en virtud de la gracia divina como un favor no merecido. Ahora bien, aunque el hombre no puede hacer lo que Dios ha hecho, esto es, proveer la salvación, al mismo tiempo Dios no puede hacer por el hombre lo que éste tiene que hacer por sí mismo, esto es, aceptar la salvación por la fe. Debemos aclarar que esta fe que nos permite entrar a disfrutar plenamente del amor de Dios no tiene nada de meritorio. En ocasiones se ha comparado con la mano extendida del hombre que pide auxilio a Dios. ¡Qué mérito puede haber en reconocer nuestra necesidad y clamar pidiendo socorro! En cualquier caso, el amor de Dios es tan grande y generoso que no se le impone a nadie por la fuerza o contra su voluntad. De esta manera, aquellos que rehúsan creer se encierran en su propia condenación, mientras que los que depositan su fe en él tendrán la vida eterna. Todos los hombres tienen ahora la posibilidad de elegir entre la vida y la muerte. Ahora bien, esta muerte no significa simplemente el fin de la existencia física aquí en la tierra, ni tampoco la aniquilación del alma y el espíritu. La perdición de la que se habla aquí tiene que ver con la condenación divina, completa y eterna, de forma que el condenado quedará expulsado de la presencia del Dios de amor y morará eternamente separado de él. Y aunque en realidad este estado de perdición empieza ahora aquí, sin embargo, no alcanzará su completa y terrible culminación hasta el día de la gran consumación. Pero Dios no desea que "ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 P 3:9). Por esta razón ha enviado a su Hijo al mundo para que por medio de la fe en él todo el mundo pueda tener abierta la puerta de la salvación. Dios no ha dejado a la humanidad abandonada, y no hay necesidad de que nadie perezca. La promesa que se encierra en las palabras "no perecerán", es inexplicablemente gloriosa. Significa desprenderse definitivamente del pecado y tener una buena conciencia sin caer ya nunca más bajo la ley que castiga el pecado. Dios quiere que todos los hombres se salven y tengan "vida eterna". La vida eterna sólo existe en Dios y en su Hijo. Puesto que el hombre es creado por Dios, su existencia depende de su relación con él. El hombre pecador que se separa de Dios se destruye a sí mismo. Su orgullo pecaminoso le hacen creer que puede vivir independientemente, y esto es lo que le lleva a la destrucción. Sólo en Dios está la vida. (Jn 17:3) "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." Este tipo de vida que Dios promete a los que creen en él, es eterna porque nunca se termina, pero también será diferente en cuanto a la calidad de la vida que caracteriza a esta era presente. Sin lugar a dudas, no hay una posesión que se pueda igualar a ésta. "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenarlo" Si Dios hubiese actuado como el hombre lo hace habitualmente, habría enviado a su Hijo para juzgar al mundo. Esto sería lo lógico viendo la forma en que las criaturas ofenden e ignoran a su Creador. Pero el propósito de Dios al enviar a su Hijo al mundo no era conducir a los hombres al juicio sino a la salvación. El corazón de Dios está lleno de ternura para con el hombre, y ha ido hasta el último extremo para poder salvar a los hombres. Sin embargo, el juicio es inevitable y es el hombre el que lo trae sobre sí cuando se niega a aceptar el regalo de Dios. De hecho, el Hijo ya ha recibido toda la autoridad para hacer juicio (Jn 5:27), aunque éste no fue el propósito de su primera venida, que tenía como objetivo dar su vida por los pecadores para que fueran salvados. El apóstol Pablo resumió el propósito de la primera venida de Cristo con estas palabras: (2 Ti 1:10) "...La aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio" Nadie en este mundo podrá decir que ha sido juzgado sin haber sido previamente amado por Dios. Todas estas afirmaciones que encontramos aquí chocaban con la opinión popular de los judíos de aquella época que creían que cuando el Mesías viniera condenaría a los paganos, castigando a todas las naciones que habían oprimido a Israel. Y por supuesto, ellos creían que serían automáticamente salvados por él por el hecho de ser judíos. Pero este exclusivismo fanático no era el designio salvador de Dios, que no limitaba su amor a Israel, sino que lo extendía a todo el mundo. "El que no cree, ya ha sido condenado" La fe en Cristo es la única manera en la que el pecador puede ser salvado de la condenación eterna. Esto es así porque él pagó la pena de los pecados de todos los que ponen su causa en sus manos. Por esta razón el creyente en Cristo no viene a juicio, porque de hecho ya ha sido juzgado y condenado, aunque ha sido Cristo quien ha pagado por él. Esta es la razón por la que el auténtico creyente puede tener la seguridad eterna de su salvación. (Jn 5:24) "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida." Y del mismo modo, el pecador que decide permanecer en incredulidad no tiene que esperar hasta el día de la consumación para recibir su sentencia. En aquel día sucederá algo muy importante: el veredicto será públicamente proclamado y la sentencia plenamente ejecutada (Jn 5:25-29). Pero la decisión en sí misma, que es la base de esta proclamación pública, tiene lugar en el tiempo presente. Por lo tanto, la condenación es un estado presente motivado por la negación del pecador a creer en Cristo, aunque Dios no deja de esperar a que el hombre se arrepienta y acepte la oferta del amor de Dios, pero en tanto que esto no ocurra, el hombre vive en un estado de condenación bajo la maldición y la ira de Dios, siendo como dice el apóstol Pablo, "hijos de ira" (Ef 2:3). El hombre pecador ya está bajo la condenación de Dios. Su única esperanza es ser redimido por la gracia de Dios. Su rechazo de esa gracia sella su condición de condenación. Y por supuesto, todos los hombres sabemos en lo profundo de nuestro corazón que esto es efectivamente así, que estamos bajo la condenación y el juicio de Dios. La ley de Dios nos condena y nuestras propias conciencias se hacen eco de esta misma realidad. Pero aunque todos los hombres están ya condenados y encarcelados, Dios ha intervenido para liberarnos del poder de la potestad de las tinieblas, y trasladarnos al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados (Col 1:13-14). En la medida en que entendemos que esta es nuestra posición ante Dios, llegamos a apreciar mucho más su amor por salvarnos. "Porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios" Muchos creen que sólo las personas que han sido especialmente pecadoras son las que se condenarán. Por esta razón muchos defienden vehemente su inocencia diciendo: "yo no he matado a nadie, no he robado ni tampoco he violado a ninguna mujer...", creyendo falsamente que estos pecados, u otros similares, son los que finalmente pueden llevar al hombre a la condenación eterna. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice que la única razón por la cual el hombre será condenado es por el pecado de incredulidad. Dios puede perdonar todos los demás pecados, pero no la incredulidad. La razón es sencilla. Si creemos en Cristo, y por lo tanto en la obra de salvación que él realizó en la cruz a nuestro favor, todos nuestros pecados quedan pagados por él, pero si rechazamos creer en él, entonces nosotros mismos tendremos que pagar por ellos y sufriremos la condenación eterna. Para entender mejor esta forma de hablar podemos poner un ejemplo: si se incendiara una casa, y una persona pereciera en las llamas, pese a que hubiera podido salvarse por hacer uso de la escalera de salvamento que los bomberos colocaron, se puede decir, con razón, que murió a causa del incendio. Pero con mayor razón se podría decir que murió porque no quiso valerse del medio de escape. Los hombres se pierden porque son pecadores, pero son condenados porque no han creído en Cristo. Nuestro destino eterno está determinado por la actitud que adoptamos tocante al Hijo de Dios. No hay duda de que Dios quiere que todos los hombres se salven y extiende su amor a todos ellos, pero debemos notar que en su soberanía él coloca las condiciones para recibir esta salvación, que no son otras que la fe en Cristo, algo que está al alcance de todos los hombres. "Y esta es la condenación: Que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas" Ahora en este versículo la figura cambia de la vida a la luz, y de la incredulidad a las tinieblas. Se afirma que Jesús mismo es la única Luz moral y espiritual del mundo. Y con su venida a este mundo su luz ha resplandecido con toda claridad (Jn 1:9). Por otro lado las "tinieblas" describen el estado espiritual en el que se encuentran los pecadores. Lo trágico es que los hombres amaron las tinieblas del pecado y se rebelaron contra la Luz. De hecho, en lugar de responder al amor de Dios amando a su Hijo, la mayoría de los hombres amaron más el pecado y le rechazaron a él. "Porque sus obras eran malas" La razón por la que los hombres aman más las tinieblas no es porque sean ignorantes por no haber oído nunca el evangelio, sino más bien porque sus obras son malas y están apegados a su manera de vivir apartados de la voluntad de Dios. El mundo aborrece el evangelio del Señor Jesucristo porque le exige un cambio de vida. Queda claro que una persona no es condenada por su ignorancia, sino por su rebeldía. (Job 24:13) "Ellos son los que, rebeldes a la luz, nunca conocieron sus caminos, ni estuvieron en sus veredas." Por esta razón el hombre es el único responsable de su destino eterno. Dios ama a todos los hombres, y ha entregado a su propio Hijo para salvarlo del infierno, pero el hombre ha preferido la oscuridad y las tinieblas del pecado. No se trata de que Dios haya decretado de antemano la reprobación de algunos hombres y por eso se pierden, sino porque ellos mismos han decidido no ir a Cristo en busca de salvación. Paradójicamente, frente al amor de Dios por el hombre, brota la enemistad de éste hacia Dios. Podemos imaginar la tristeza con la que el Señor Jesucristo pronunció las siguientes palabras: (Jn 5:40) "Y no queréis venir a mí para que tengáis vida." De hecho, "todo aquel que hace lo malo aborrece la luz". Esto queda de manifiesto cuando hablan mal de Dios, ridiculizan a Cristo y a su Palabra. Lo hacen en conversaciones, revistas, libros, televisión, cine... siempre usando un tono pretencioso con el que intentan encubrir su ignorancia y maldad. "No viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas" Todos sabemos que los malhechores buscan la oscuridad para nos ser descubiertos. Y también que cuando estamos en la oscuridad no vemos las manchas que hay en nuestra vida, pero cuando nos acercamos a la luz inmediatamente se ponen de manifiesto. Por esta razón, cuando Jesús estuvo aquí en este mundo, los hombres pecadores se sintieron incómodos por su presencia, porque él revelaba la terrible condición de ellos en contraste con su santidad, y esta fue la causa por la que intentaron "apagar" esa luz. Y también es la causa por la que muchos reaccionan con odio cuando alguien les predica su Palabra. Pero Cristo no sólo revela el mal poniéndolo en evidencia, sino que también reprende el pecado, algo que disgusta terriblemente al pecador. Porque si somos honestos, a ninguno de nosotros nos gusta que nos reprendan. Tal es así que cuando alguien nos muestra alguna de nuestras faltas, somos auténticos expertos en justificarnos, bien sea culpando a otros o negando la realidad, pero ¡cuán difícilmente aceptamos lo que hacemos mal! Esto fue tema de queja y de lamento de todos los profetas con el pueblo de Israel. El salmista expresaba así su queja: "Generación contumaz y rebelde; generación que no dispuso su corazón, ni fue fiel para con Dios su espíritu" (Sal 78:8), y Jeremías dice de ellos: "no quisieron recibir corrección; endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron convertirse" (Jer 5:3), y Ezequiel afirma: "hijos de duro rostros, y de empedernido corazón" (Ez 5:4). También Esteban, antes de que lo mataran, les reprendió duramente: "¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros" (Hch 7:51). Como no tenían intención de cambiar intentaron "acabar" con Cristo crucificándole. ¡No hay situación tan triste como la del enfermo que, no queriendo sanar de su enfermedad, se empeña en no darse cuenta de ella! Pero aun es más grave, cuando en su negación de la realidad, aun arremete contra el médico que le quiere sanar. "Mas el que practica la verdad viene a la luz" La gravedad de todo esto es que la humanidad en su ceguera niega su pecado aunque Cristo vino al mundo para perdonarlo. Incluso llegaron a acusarle a él de tener demonio (Jn 7:20) (Jn 8:48,52). Esto mismo fue lo que hicieron los contemporáneos del profeta Jeremías cuando escucharon sus amonestaciones por sus pecados y su llamamiento al arrepentimiento: (Jer 5:23) "Este pueblo tiene corazón falso y rebelde; se apartaron y se fueron." Aunque quizá nuestra sociedad moderna se parece más al mundo gentil de aquel entonces, donde no se ocultaba el pecado, sino que sin ningún tipo de vergüenza ni pudor, el hombre se gloriaba en su impiedad: (Ro 1:32) "Quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican." En contraste, el que "practica la verdad" es aquel que acepta la reprensión de sus pecados y acude a Dios con arrepentimiento. Estos son los que vienen a la luz y encuentran la salvación. (1 Jn 1:8-10) "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros." Además, el verdadero creyente desea que toda su conducta sea consecuente con la verdad que conoce y que ha sido revelada en Cristo. Esta es la razón por la que cada vez se acerca más a la Luz. Su deseo es "que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios". Por supuesto, esto no quiere decir que sean perfectas, sino sólo que son llevadas a cabo en la esfera y el poder de Dios. Por lo tanto, está dispuesto a que sus obras sean puestas ante la luz para ver si soportan la prueba o si por el contrario tiene que corregir algún tipo de conducta o creencia. En este sentido, andar en la luz es tener al Señor Jesús como modelo en todo lo que hacemos. Podríamos decir que el verdadero creyente es como el girasol, que constantemente se gira en busca de la luz del sol.

domingo, 13 de enero de 2019

NO PUEDE EL HOMBRE RECIBIR NADA, SI NO LE FUERE DADO DEL CIELO - Juan 3:22-30

"Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba. Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados. Porque Juan no había sido aún encarcelado. Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación. Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe." "Jesús vino con sus discípulos a la tierra de Judea" Juan nos informa del ministerio que Jesús tuvo en Jerusalén y en Judea antes de que comenzara a predicar por toda Galilea. De esta manera complementa una vez más las narraciones de los otros evangelistas que comienzan el ministerio público de Jesús en Galilea después de que Juan el Bautista había sido encarcelado (Mt 4:12-17) (Mr 1:14) (Lc 4:14). Como sabemos, Jesús había ido a Jerusalén a la fiesta de la pascua, y fue en esa ocasión cuando comenzó a realizar las señales propias de su ministerio mesiánico, algo que inmediatamente llamó la atención de los judíos, de tal manera que "muchos creyeron en su nombre" (Jn 2:23). Pero también hubo algunos incidentes, como la purificación del templo, que le acarrearon la enemistad de las autoridades religiosas. Es en este contexto donde debemos entender la decisión de Jesús de dejar Jerusalén y buscar lugares más desiertos en las zonas rurales de Judea. Su fama creciente entre las muchedumbres de peregrinos que habían ido a la pascua, ansiosas de que apareciera el Mesías prometido que les trajera la libertad de los romanos, podía precipitar un levantamiento popular de graves consecuencias que nada tenía que ver con su verdadera misión. Y por otro lado, la creciente enemistad de los líderes religiosos, irritados al ver cómo Jesús cuestionaba el uso que hacían del templo, podía llevarles a tomar la decisión de terminar con él antes de que su hora hubiera llegado. Así que Jesús salió de Jerusalén y fue a la tierra de Judea, a una zona próxima a donde Juan el Bautista seguía bautizando. "Y estuvo allí con ellos y bautizaba" En esta etapa Jesús desarrolló un ministerio muy similar al de Juan el Bautista, quien seguía bautizando para arrepentimiento a aquellos que venían a él, preparando así el camino al Mesías. De todos modos, parece que Jesús realmente no bautizaba, sino que él llevaba a cabo una labor de supervisión, siendo sus discípulos quienes lo hacían (Jn 4:2). Por su parte, Juan el Bautista había recibido un llamamiento de parte del Señor y siguió cumpliéndolo hasta el momento en que Herodes lo encarceló. No le importó que Jesús, el auténtico Mesías, ya hubiera sido presentado por él. Todavía quedaba mucho trabajo por hacer, y él siguió predicando incansablemente acerca de la necesidad del arrepentimiento como un requisito imprescindible para recibir al Mesías. Y de hecho, tal vez pensó que su trabajo sería más fácil una vez que Jesús ya había aparecido públicamente como el Mesías. Él no buscaba excusas para terminar su jornada de trabajo, sino que como vemos, se esforzó hasta el fin por dar testimonio de Jesús. Además, suponemos que Jesús no era muy conocido en aquellos primeros días, así que Juan todavía podía ayudar mucho. Por lo que parece, el Señor decidió apoyar el ministerio de Juan y unir sus fuerzas a las de él. El lugar exacto en el que estuvieron, "en Enón, junto a Salim", no se conoce con exactitud. En cualquier caso, parece que estaban bastante cerca el uno del otro, lo que como veremos a continuación, generó cierto conflicto entre algunos discípulos. "Hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación" No sabemos si la discusión tenía que ver con las diferencias en cuanto a los ritos de purificación de los judíos y el bautismo que practicaba Juan, o si se trataba de una discusión por cuál de los dos bautismos tenía mayor valor purificador, el de Juan o el del Señor Jesús. Aunque también es posible que ambas cosas fueran motivo de discusión. Si bien no tenemos detalles precisos sobre lo que estaba ocurriendo, en el caso de que aceptemos la primera suposición, entonces debemos imaginar que algunos judíos contrarios a Juan el Bautista podrían estar llevando a cabo una campaña de desprestigio contra él, argumentando que su bautismo para arrepentimiento no tenía ningún valor para purificar, algo que por el contrario ellos afirmarían que sí tenían los diferentes rituales que los judíos practicaban. Leyendo este versículo de forma aislada, esta parece ser la interpretación más correcta. Y no sería de extrañar, puesto que los líderes judíos rehusaron ser bautizados por Juan (Lc 7:30), y con anterioridad ya le habían interrogado acerca de su derecho a bautizar (Jn 1:25). Además, el fuerte impacto que el ministerio de Juan había tenido entre el pueblo, ponía en evidencia que muchos estaban buscando una realidad espiritual que los ritos de purificación que los judíos practicaban no les ofrecían. Se habían dado cuenta de que su religión, a pesar de sus ostentosos rituales, en el fondo estaba vacía y no tenía poder para cambiar sus vidas. Todo se reducía a lavamientos continuos de personas y cosas que nunca llegaban a cambiar el interior del corazón (Mr 7:4). Por el contrario, la predicación del Bautista tenía la frescura y el poder revitalizador que sólo la Palabra de Dios tiene. Así que es muy probable que la discusión surgiera como otro intento más de los líderes judíos por quitar valor al bautismo de Juan. Sin embargo, leyendo los versículos que siguen, pareciera que la discusión hubiera surgido por un debate sobre cuál de los dos bautismos, el de Juan o el de Jesús, tenía mayor fuerza purificadora. Y también, cuál de los dos líderes era mejor y tenía mayor dignidad. En todos los casos se trataba de una discusión inútil, porque ningún acto externo puede cambiar el corazón de las personas. Ni los lavamientos judíos, ni el bautismo de Juan o el de los discípulos de Jesús pueden hacerlo. Todo esto sólo eran símbolos y no tenían valor alguno sin la realidad a la que apuntan. Por ejemplo, el bautismo de Juan simbolizaba el arrepentimiento, así que no serviría de nada que un israelita bajara a las aguas del Jordán para ser bautizado si en su corazón no había un arrepentimiento genuino. Del mismo modo, el bautismo que ahora practicamos los cristianos simboliza nuestra identificación con la muerte y resurrección de Cristo, de modo que no tiene valor alguno a menos que previamente nos hayamos convertido. Todas las religiones ponen mucho énfasis en los ritos externos, pero la obra de Cristo tiene que ver con nuestros corazones caídos y esto sólo puede llevarse a cabo por medio del arrepentimiento y la fe, que abren la puerta a la obra regeneradora del Espíritu Santo en nosotros. "Vinieron a Juan y le dijeron: el que estaba contigo bautiza y todos vienen a él" Tal como los discípulos de Juan plantearon el asunto a su maestro, se aprecia que tenían una amarga queja. Veamos sus motivos: En principio veían a Jesús como un rival y un competidor que estaba eclipsando a Juan. Tal era su disgusto con él que evitan en todo momento llamarle por su nombre: "el que estaba contigo al otro lado del Jordán". No podían ocultar sus celos y envidia. Por otro lado, parece que creían que sólo su maestro tenía el derecho de bautizar, así que, cuando Jesús y sus discípulos comenzaron a hacerlo también, les pareció un atrevimiento inaceptable. Es más, pensaban que ponerse a bautizar a su lado era un acto de ingratitud, sobre todo después de que el mismo Juan hubiera dado testimonio a favor de Jesús. Ellos pensaban que cuanto menos era una falta de cortesía. Y cuando observaron que la mayoría de las personas iban a ser bautizadas por los discípulos de Jesús, no pudieron esconder su disgusto y llegaron a culpar al mismo Juan por haber sido tan insistente en hablar bien de él a todas las personas. Creían que debía haber sido más precavido y no haber ensalzado tanto a alguien que luego le iba a hacer la competencia y "robarle la clientela". Seguramente hubo también otros argumentos relacionados con la capacidad de purificación del bautismo de Jesús, o la conveniencia de que hubiera dos grupos practicando el mismo bautismo... Sin duda, cuando presentaron su queja ante Juan, ellos esperaban que él tuviera la misma reacción que ellos. Pero ¡qué poco conocían a su maestro! Fue como si la llama hubiera caído en medio del océano, porque en el corazón de Juan sólo había amor y admiración hacia Jesús. Así que, lejos de sentirse molesto por la creciente fama de Jesús, él se sentía dichoso y profundamente feliz. En aquellos momentos, si algo podía entristecer al Bautista era que sus propios discípulos no hubieran llegado a comprender que Jesús era realmente el Mesías que los profetas habían anunciado. Si lo hubieran entendido no habrían tenido envidia por su éxito, ni tampoco habrían manifestado ese espíritu de exclusivismo que siempre es tan dañino. Pero desgraciadamente el hombre carnal siempre está inclinado a formar partidos y grupos. Ninguno estamos libres de este peligro aun dentro de la propia iglesia. Recordemos la reprensión que el apóstol Pablo dirigió a los creyentes en Corinto: (1 Co 3:1-4) "De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?" Los discípulos de Juan se sentían celosos porque la fama de Jesús estaba eclipsando a su maestro y también a ellos mismos. Con la aparición de Jesús todo había empezado a cambiar y al ver cómo la gente se iba tras él, sintieron que pronto se quedarían sin partidarios. Así que no ocultaron su disgusto y dieron rienda suelta a un espíritu sectario. Este afán por tener el monopolio del respeto y del éxito ha sido en todas las épocas un veneno en las iglesias y la vergüenza de muchos de sus ministros. Debemos tener cuidado porque este deseo de protagonismo se encuentra muy arraigado dentro del corazón humano y somos dados a defender con fiereza lo que consideramos nuestro, no dudando para ello en desprestigiar lo que los demás hacen. Por esto es necesario examinarnos constantemente por medio de la oración y la lectura de la Palabra, desconfiando siempre de nuestro engañoso corazón. "No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo" Como ya hemos señalado, Juan no apoyó la causa de sus discípulos, sino que se alegró porque la nueva popularidad que Jesús estaba teniendo confirmaba que su obra como precursor suyo se había llevado a cabo satisfactoriamente. Así que con la humildad y sinceridad que le caracterizaban, sólo pudo volver a reconocer la superioridad de Jesús. Para empezar, el Bautista dejó claro que toda la reputación de la que había gozado en aquellos días se debía al hecho de que había sido enviado por Dios como el precursor del Mesías. Sin Jesús, ni Juan ni su ministerio habrían tenido ningún sentido o valor. Era Juan quien debía todo lo que era a Jesús y no al revés, como equivocadamente pensaban sus discípulos. El Señor mismo afirmó esto: (Jn 5:33-34) "Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad. Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno..." Juan aceptó este hecho sin ningún vestigio de amargura o enfado. De hecho, deploraba que se insinuara siquiera que pudiera existir rivalidad entre él y Jesús. Por el contrario, el Bautista se gozaba al ver que Cristo estaba subiendo en la estima del pueblo y que había llegado a ocupar un lugar mayor que el que él mismo había tenido. Cuando observamos su contestación nos damos cuenta de su nobleza y grandeza. De hecho, este es el clímax de su ministerio, el momento en que más alto voló. Tal vez podríamos pensar en otras circunstancias en las que manifestó mucho valor y grandeza, como cuando predicaba a todo tipo de personas exhortándoles sin tregua para que se arrepintieran de sus pecados, o cuando denunció al mismo rey Herodes por haberse casado con la mujer de su hermano, o cuando resistía los interrogatorios de los líderes religiosos de la nación sin amedrentarse... Para todo eso era necesario mucho valor, pero si lo pensamos bien, aun es necesaria mayor grandeza para reconocer y no olvidar en ningún momento que todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Cristo, porque por nosotros mismos no somos nada. El corazón humano no está preparado para la fama, y son muy pocos los que consiguen digerirla bien. Juan el Bautista pertenece a esa especie en extinción. Cuando había llegado a lo más alto de su popularidad no perdió el norte, y siguió atribuyendo a Cristo toda la gloria. Nosotros debemos valorar e imitar su ejemplo en nuestras vidas. Juan nunca dejó de reconocer que su influencia y posición eran dones divinos. Él no se atribuyó su éxito a sí mismo o a su capacidad. Por el contrario, se mostraba agradecido a Dios por la gracia recibida. Tampoco se disgustó cuando Dios consideró que su ministerio estaba terminando y lo relegó a un segundo plano. Sus dones y ministerio le habían sido dados por el Señor, y su única preocupación fue cuidar de hacerlo bien, de tal manera que Dios fuera glorificado. Sabía que había recibido un altísimo honor al ser constituido como precursor del Mesías y no olvidaba que a mayor don, mayor responsabilidad también en el día de rendir cuentas. Fácilmente muchos de nosotros no hemos recibido dones ni responsabilidades como las de Juan, pero eso no debe ser motivo para estar menos agradecidos o dedicarnos a desarrollarlos con menor interés. También debemos evitar caer en la tentación de tener envidia de otros que han recibido dones más "vistosos" o que tienen más éxito en sus ministerios. Y tampoco pensemos que puesto que nuestros dones o ministerios son tan pequeños, no vale la pena esforzarnos. Es importante servir al Señor en aquello en lo que él nos ha colocado, y hacerlo con excelencia. Nadie es inferior a otro si desempeña con fidelidad el papel que Dios le ha encomendado. Y por supuesto, en nuestro servicio no debemos mirar al hermano como un competidor, sino que nuestra mirada debe estar siempre puesta en el Señor, dándole lo mejor que tengamos. Juan fue fiel como precursor del Mesías. Le había dado el relevo y ahora llegaba el momento de soltarlo definitivamente. Esta situación tampoco era fácil de llevar. Podemos pensar por ejemplo en aquellas personas que por causa de su edad tienen que jubilarse y pasan a ocupar un segundo plano. Estos cambios generacionales también ocurren en la iglesia. Otras personas más jóvenes toman el relevo y aquellos que por años han desarrollado ciertos ministerios son desplazados. Esta transición puede llegar a ser una situación muy frustrante y generar mucha amargura. En ocasiones los mayores critican y murmuran contra los jóvenes que han llegado a ocupar sus puestos, porque les parece que todo lo que hacen está mal. Y también los jóvenes desacreditan lo que los otros hicieron, creyendo que ellos lo pueden hacer muchísimo mejor. En el caso de Juan el Bautista, parece que sus discípulos en cierto modo estaban entrando en una guerra parecida, aunque su maestro volvió a reconducir la situación una vez más: "No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo". Con la grandeza que le caracterizaba, reconoció que es Dios quien dispone de los tiempos y las personas conforme a su voluntad. Y por nuestra parte debemos alegrarnos de que quiera usar a otros para hacer aquellas cosas de las que en otro tiempo nos pudimos ocupar nosotros. Finalmente, si no queremos caer en esta trampa, la única solución es poner todo nuestro interés en que la obra de Dios avance y Cristo sea glorificado, olvidándonos de cualquier otra motivación personal que nosotros pudiéramos tener. Dios asigna a cada creyente su don, su servicio y su puesto en este mundo, y es una locura querer atribuirse más de lo que Dios nos ha dado. Él nos ha redimido para algo concreto (Ef 2:10), y nos ha capacitado adecuadamente para ello. Pero en el desarrollo de este servicio debemos evitar competir con otros cristianos o también ser pobres imitadores de otros. Además, debemos ser conscientes de que dentro de sus planes eternos, Dios puede querer asignarnos un lugar diferente en otros momentos y debemos estar dispuestos a aceptar con agrado estos cambios. Dejemos que sea él quien escoja, use y honre a sus propios instrumentos según le plazca. Imitemos a Juan que estaba satisfecho con el lugar y la obra asignada por Dios para él. "Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él" Ante las quejas de sus discípulos, Juan demostró ser el de siempre, con un mismo pensamiento acerca de sí mismo y de Jesucristo. Por esta razón pudo apelar a la memoria de todos ellos: "Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él". Y hay que reconocer que es difícil mantenerse a flote en situaciones tan diversas como las que él atravesó. Pero nada le hizo cambiar. El siguió siendo el mismo cuando las multitudes venían en masa a su bautismo o cuando dejaban de venir, en la fama y en el olvido. Ahora bien, si él pudo mantener el equilibrio fue porque nunca perdió de vista la suprema autoridad de Aquel a quien servía y de quien no era digno ni aun de desatar la correa de su calzado (Jn 1:27). Juan nunca dejó de considerarse un siervo, y actuar como tal: (Lc 17:10) "Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos." "El que tiene la esposa, es el esposo" Para acabar de explicar a sus discípulos el papel que tenía en relación a Cristo, Juan empleó la metáfora bien conocida del esposo y la esposa. El Señor mismo también la usó: (Mr 2:18-20) "Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán." Pablo también desarrolló la misma ilustración: (2 Co 11:1) "Porque os celo con celo de Dios pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo." Además, esta figura era bien conocida en el Antiguo Testamento, donde Israel fue designado en repetidas ocasiones como la esposa de Jehová (Is 54:5) (Is 62:4-5). Y no cabe duda de que los profetas la usaron con frecuencia porque expresaba de una forma maravillosa la unión íntima que Dios siempre ha deseado tener con su pueblo. Ahora bien, tal como Juan el Bautista y el mismo Señor la utilizaron, adquiría nuevos matices, porque si bien en el Antiguo Testamento el esposo era Jehová, ahora ese honor lo recibe Cristo. Y tal como fue usada por el apóstol Pablo, la esposa a la que se refiere ya no es el pueblo de Israel sino su iglesia. Pero en todos los casos es una metáfora que deja claro un concepto fundamental: la esposa le pertenece exclusivamente al esposo. Y esto es exactamente lo que Juan quería transmitir a sus discípulos. Una vez más les dijo que el esposo auténtico era Jesús. Sólo él es digno de recibir la gloria de su pueblo. Por lo tanto, si Juan estuviera llamando la atención de la esposa sobre sí mismo, esto habría sido el acto más deplorable que pudiéramos imaginarnos. Y lo mismo para cualquier siervo de Cristo; buscar atraer la atención de la iglesia hacia sí mismo constituye una forma de deslealtad despreciable. Ahora bien, ¿cuál era el papel de Juan el Bautista en todo esto? Pues como él mismo señaló, él sólo era "el amigo del esposo". Entre los judíos, al amigo le correspondía actuar como mediador para realizar los arreglos de la boda y reunir al novio con la novia. Su misión terminaba una vez que escuchaba la voz de júbilo del novio al comprobar que le habían presentado una novia virgen. A partir de ese momento, el amigo del novio debía retirarse discretamente. Y de esta manera había actuado el Bautista. Había trabajado incansablemente para llevar a los hombres a Cristo. Él había sido como los evangelistas en la actualidad que buscan promover la unión de Cristo con las almas perdidas. Pero de ninguna forma pueden pensar que la iglesia les pertenece y está a su servicio para cumplir sus propias expectativas y deseos. La iglesia es de Cristo, ganada por su propia sangre, y sólo él debe recibir el honor y el servicio de su pueblo. Por lo tanto, cuando sus discípulos vinieron a Juan quejándose de que todos se iban tras Jesús, lejos de molestarse dijo: "este mi gozo está cumplido". Nada le podía hacer más feliz que escuchar que las personas habían dejado de mirarle a él para seguir a Cristo. Su copa estaba llena a rebosar. No le cabía tanta alegría en el corazón al saber que el Novio estaba recibiendo la bienvenida de los suyos. ¡Qué estupendo modelo para todo ministro del Señor! Y por supuesto, a raíz de la metáfora deducimos también la responsabilidad que tiene la esposa. Ella debe permanecer como una virgen pura que no se debe relacionar con nadie más que con Cristo, que la redimió con su sangre preciosa. No hacerlo así sería un acto de infidelidad. "Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe" Juan concluye con estas hermosas palabras. Su misión estaba terminando y ahora le tocaba retirarse lo más discretamente posible. A partir de ese momento lo que convenía era que Cristo continuara creciendo en la estimación de la gente, mientras que él pasaba al anonimato. Notemos, no obstante, que según las palabras de Juan, parece que está dando a entender que Cristo crecería en la misma medida en la que él menguara. Y realmente esto es un principio bíblico: Cristo crecerá también en nosotros al mismo paso al que nosotros vayamos muriendo a nuestro egoísmo y carnalidad. Así Juan llegó a la plenitud de su ministerio, y constituye una adecuada clausura a su obra. Sin duda no puede haber un pensamiento más elevado y puro que este.