martes, 28 de marzo de 2017
TODO ÁRBOL QUE NO DA BUEN FRUTO, ES CORTADO Y ECHADO EN EL FUEGO
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo… (v. 3).
Salmo 1:1-3
La vista desde la ventanilla del avión era asombrosa: una angosta franja de campos sembrados y huertas se extendía entre dos montañas estériles. A lo largo del valle, corría un río con agua vivificadora, sin la cual, no habría fruto.
Así como una cosecha abundante depende de una fuente de agua limpia, la calidad del «fruto» en mi vida —mis palabras, acciones y actitudes— depende de mi nutrición espiritual. El salmista lo describe en el Salmo 1: «el varón […] que en la ley del Señor está su delicia, […] será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo» (vv. 1-3). Y, en Gálatas 5, Pablo escribe que, a los que andan en el Espíritu, los caracteriza el «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (vv. 22-23).
A veces, las circunstancias me amargan, o mis acciones y palabras se vuelven desagradables. No hay buen fruto. Entonces, me doy cuenta de que no he pasado tiempo escuchando las palabras de mi Dios. Pero, cuando el ritmo de mi vida diaria se arraiga en Él, doy fruto bueno. Al interactuar con los demás, soy paciente y amable, y me resulta más fácil dar gracias que quejarme.
Jesucristo es nuestra fuente del poder, la sabiduría, el gozo, el discernimiento y la paz (Salmo 119:28, 98, 111, 144, 165) que debemos producir.
Señor, riega mi vida con tu Palabra.
El Espíritu de Dios vive en sus hijos para obrar a través de ellos.
jueves, 23 de marzo de 2017
COMO LA GALLINA CUIDA A SUS POLLITOS A SI DIOS CUIDA DE TI...
Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros… (v. 13).
Isaías 66:12-16
Mi amiga me confió el privilegio de sostener a su preciosa hija de cuatro días de edad. Poco después de tomarla en mis brazos, la bebé empezó a protestar. La abracé un poco más, puse suavemente mi mejilla contra su cabeza, y empecé a hamacarla y a tararearle con delicadeza para calmarla. A pesar de mis denodados esfuerzos y mis más de quince años de criar hijos, no lo logré. Se ponía cada vez peor, hasta que volví a colocarla en el hueco arrullador del brazo de su mamá. La paz la envolvió casi de inmediato; dejó de llorar y su cuerpecito recién nacido se relajó en la seguridad en la que ya confiaba. Mi amiga sabía exactamente cómo sostener y palmear a su hijita para aliviar su malestar.
Dios consuela a sus hijos como lo hace una madre: mostrando ternura, confiabilidad y diligencia al esforzarse para calmar a su bebé. Cuando estamos cansados o decepcionados, el Señor nos arrulla cariñosamente en sus brazos. Como nuestro Padre y Creador, nos conoce íntimamente. Por eso, podemos decir con el profeta: « ¡Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti; a todos los que concentran en ti sus pensamientos!» (Isaías 26:3 ntv).
Cuando los problemas nos agobien, el consuelo está en saber que Él nos protege y lucha por nosotros, sus hijos, como un padre amoroso.
Señor, abrázame fuerte.
El consuelo de Dios nos calma por completo.
domingo, 19 de marzo de 2017
EL QUE QUIERE AMAR LA VIDA Y VER DÍAS BUENOS, REFRENE SU LENGUA DE MAL, Y SUS LABIOS NO HABLEN ENGAÑO
… la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! (v. 5).
Santiago 3:3-12
Un domingo de septiembre, por la noche, mientras la mayoría de la gente dormía, se desencadenó un pequeño fuego en la panadería de Thomas Farriner, en Pudding Lane. Al instante, las llamas se extendieron de una casa a otra, y Londres se vio en vuelta en el Gran Incendio de 1666. Más de 70.000 personas quedaron sin casa por fuego que arrasó el 80% de la ciudad. ¡Tanta destrucción por un incendio tan pequeño!
La Biblia nos advierte sobre otro fuego pequeño, pero destructivo. A Santiago le interesaban las personas y la relación entre ellas, no los edificios; por eso, escribió: «la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!» (Santiago 3:5).
Pero nuestras palabras también pueden ser edificantes. Proverbios 16:24 nos recuerda: «Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos». Y el apóstol Pablo dice: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno» (Colosenses 4:6). Como la sal sazona la comida, la gracia hace lo mismo con nuestras palabras para edificar a los demás.
Con la ayuda del Espíritu Santo, nuestras palabras pueden apagar incendios en vez de provocarlos.
Señor, ayúdame a transmitir esperanza y ánimo con mis palabras.
¿Cómo serán hoy nuestras palabras?
jueves, 16 de marzo de 2017
ECHANDO TODA VUESTRA ANSIEDAD SOBRE EL, PORQUE EL TIENE CUIDADO SOBRE VOSOTROS
¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano…? (v. 12).
Isaías 40:9-17
Después de volcar torpemente mi vaso en la barra del restaurante, el líquido empezó a derramarse por el borde hasta el piso. Por la vergüenza, traté de atrapar el agua haciendo un hueco con las manos. Mis esfuerzos fueron inútiles, ya que casi toda la bebida se escapó entre los dedos. Al final, en la palma de mis manos, apenas quedó una pequeña cucharadita, mientras que mis pies estaban en medio de un charco.
Muchas veces, mi vida es algo parecido. Lucho por resolver problemas, pasar detalles por alto y controlar las circunstancias. Por más que lo intento, mis frágiles manos son incapaces de manejar todas las piezas. Siempre se me escapa algo entre los dedos y se cae, y me deja abrumada. Aunque trate de contorsionar las manos o juntar más los dedos, no puedo controlar todo.
Sin embargo, Dios sí puede hacerlo. Isaías nos revela que el Señor puede medir las aguas del planeta —océanos, ríos, lluvia— en el hueco de sus manos (40:12). Solo sus manos son lo suficientemente grandes para contenerlas. No hace falta que intentemos sostener con nuestras manos más de la cucharadita para la que fueron diseñadas. Cuando las circunstancias nos superan, podemos poner nuestras preocupaciones y angustias en sus hábiles manos y confiar en Él.
Señor, ayúdame a no intentar solucionar todo, sino a poner todo en tus manos.
Podemos confiar en que Dios maneje todo aquello que nos abruma.
viernes, 3 de marzo de 2017
EN PRESENCIA ESTAR DE CRISTO VER SU ROSTRO ¿QUÉ SERÁ?
… ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (v. 22).
Juan 16:19-24
La orgullosa abuela sostenía con fuerza dos fotografías mientras las mostraba a sus amigos en la iglesia. Una era de su hija, en Burundi, África. La otra, de su nieto recién nacido. Sin embargo, la hija no sostenía al bebé, ya que había muerto al dar a luz.
Una amiga se acercó y miró las fotos. Tomó entre sus manos el rostro de aquella querida abuela… y lo único que pudo decir entre lágrimas fue: «Te entiendo, te entiendo».
Y, sí, la entendía. Hacía dos meses, había sepultado a su hijo.
Hay algo especial en el consuelo de quienes han experimentado el mismo dolor. Entienden. Antes de ser arrestado, Jesús advirtió a sus discípulos: «De cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará». Pero, de inmediato, los consoló: «pero […] vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Juan 16:20). Horas más tarde, los discípulos quedarían devastados, pero, poco después, su agobiante tristeza se transformó en un gozo inimaginable cuando lo vieron vivo de nuevo.
Isaías profetizó sobre el Mesías: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores» (53:4). Tenemos un Salvador que no solo entiende sobre nuestro dolor; lo vivió. Jesús entiende y le interesa cómo nos sentimos. Un día, nuestra tristeza se convertirá en gozo.
Señor, cuando te veamos, la tristeza se convertirá en gozo.
Cuando ponemos nuestras preocupaciones en sus manos, Dios pone paz en nuestro corazón.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)